___________________________________________________________ Canal CONCIERTOS Irene Fernández

Próximo concierto en vivo "online": Sábado, 31 de mayo de 2014, desde la Almazara de Paulenca (Guadix), 22:00 h (hora peninsular) __________________________________________________________
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Desde el satélite, ahora mismo:

sábado, 14 de junio de 2008

El Lalito o El silencio de los camellos (CHAFA)


El Lalito (añísimos más tarde, cuando volví al pago, lo vi ya hecho y dicho Eduardo, taciturno casi hasta la inconsciencia, sentado junto a la mesa donde dos de mis sobrinos andaban jugando al truco con el Gringo Limón y el Chacho Azurduy) cuando los dos éramos changos, no sé por qué me agarró un apego casi canino.

Me iba a buscar en los recreos de la escuela, me seguía hasta la puerta de mi casa después de salir de la escuela y, cuando no había escuela, siempre andaba conmigo o detrás de mí. La cosa es que el Lalito, desde chango, no hablaba mucho y decía menos. Oh sí: hacía bailar un trompo como el mejor, remontaba los barriletes hasta más arriba del barrio donde juegan las golondrinas, y jugaba a las bolitas (canicas que les dicen en México, creo) con elegante estrategia y cálculo, y ganaba. También robaba duraznos y membrillos semi maduros en las quintas pertinentes y conocidas e iba a bañarse y nadar al río como un renacuajo, como todos nosotros, pero no hablaba mucho. Las más de las veces, cuando estábamos los dos solos sin hacer nada (digo sin los soldaditos de plomo o el Mecano o el trencito Lyonel o las consabidas revistas o el "Tesoro de la Juventud", solos ahí, sin hacer nada) se sentaba a mi lado y se quedaba mirándome nomá, sin decir palabra. No me hubiera molestado entonces que se quedara ahí callao y sentao, pero sin mirarme. La mirada esa del Lalo, según mi interpretación, demandaba palabras, quería un reconocimiento de su presencia, parecía invitar al imposible diálogo sin contribución alguna que, por esencia y definición, sale a ser un monólogo o un soliloquio. ¡Macanas! Hay gente que es así, hay gentes que son así y, en los últimos años, me he visto más y más asediado por esta lalitez.

Todos hemos pasado por esos momentos en que en dúo o en grupo, el diálogo o la conversación de pronto se corta: ¡clic!…, o desaparece como agua en el inodoro: ¡sluuurp!, y queda un hueco, un bloque enorme de aire vacío y lleno de sonoro silencio, y uno --boludo-- cree que es el único llamado a poblarlo de palabras amenas; el único por vocación, obligación y "por arte de buena educación", porque a uno, boludo, siempre le han gustado las palabras y sabe que las palabras --que son el pomo donde va el veneno de la vida y la savia por donde circula la envidia y la flor por donde se muestra la raíz de la maldad-- también son el pan de la amistad, el queso y las aceitunas de la verdad y el vino del amor, y uno se siente responsable de que ahora la caravana, de pronto y por su culpa, se encuentre cruzando el desierto sin agua, sin pan sin vino sin aceitunas y sin queso, y tan pronto se llegue al oasis, mejor y gracias, porque allá se van a olvidar de que fuiste vos el que los llevó por esa ruta, pa' empezar.

E imagínense cómo se siente uno cuando lo asedia la lalitez en el teléfono. Porque no estoy hablando de esos silencios compartidos y necesarios de amantes, esos de mano en el muslo, cabeza en el hombro, corazón en el oído, murmullo de tripas trabajando y hasta el furtivo pedo no invitado, no. Esos silencios, sin embargo, requieren el contacto físico o visual aunque se los comparta de sillón a sillón y de vez en cuando la vista viaje de la revista a la ventana o a la mancha en el cielo raso que te recuerda la siluetas de un animal o el mapa de un país desconocido (¿un camello bajo una sombrilla; el reino del Preste Juan; la Atlántida buscada?). Pero ¿en el teléfono? En el teléfono es diferente porque uno se imagina que por ahí y de repente, por ahí, al otro lado de la línea, la Guardia Civil o la Policía Secreta o el amante o el cónyuge imprevisto han capturado a tu interlocutora y la tienen por las axilas atolondrada, en vilo y sorprendida o, lo que es peor aún, tu interlocutora, en vez de hablar con vos, se está examinando minuciosamente las cutículas o escarbando los dientes pos prandiales o macaneando la paciencia con el ratón electrónico o el tocadiscos cercano. Así es la gente y así es la vida.

Hay más pero por acá hay olor a pizza y las gordas de costumbre (cuando digo gordas estoy diciendo gordas, ni minas como dicen en mis pagos, ni viejas (?) como dicen en México, sino gordas) están yendo, alborozadas, al lounge de la oficina. Debe de ser la hora de almorzar. Por lo menos ellas saben ocultar esta lalitez con la boca llena de pizza o hamburguesas y vasos enormes de leche con helado de vainilla y chocolate, mezclado y batido con bananas.

Me voy a almorzar.

(El Chafa, 29 de julio de 2004)

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domingo, 6 de abril de 2008

Por qué será que parece (IRENE)


Por qué será que parece
que voy donde va tu sombra,
que rama que el viento mece
florece cuando te nombra [...].

Por qué será que parece
que se ensanchan mis graneros,
que tu amor en mi alma crece
que hay más luz en mis senderos [...].



Encontré esto en Youtube, y a mí me parece una curiosidad. Quiero decir que no me esperaba a Eduardo Falú cantando con Alberto Cortez, y menos así, tan mano a mano. Agradecida estoy a este tal Ricardo Morino, que lo ha puesto a disposición de las casualidades para que una de ellas me encuentre a mí.

El Maestro siempre sorprende, y esta conjunción de los dos que cantan me sorprende muy gratamente. Valles y Portal, para mi gusto, pusieron una música preciosa a estos versos de Buenaventura Luna.

La interpretación de Falú y Cortez me gusta mucho también: dos timbres de voz de hombre cantándose tan cerca, en esa yunta de voces bien templadas para la siembra. Incluso en esa complicidad cuando el Maestro se equivoca en la letra y ambos se sonríen.

Por aquí la dejo y la difundo, por si también os sorprende y os gusta.





POR QUÉ SERÁ QUE PARECE (Canción)
(Buenaventura Luna; Óscar Valles y Fernando Portal)

Por qué será que parece
que voy donde va tu sombra,
que rama que el viento mece
florece cuando te nombra.
Rubia, dorada, que no morena;
lluvia bendita sobre mi pena.

Con esta luna que crece
nos vamos para la villa,
ya vamos llegando a trece
y tu amor fue la semilla.
Madre dorada de mis changuitos
tiernos, y como yo morenitos.

Calladita, chinitita,
alivio de toda pena;
madrecita rubiecita
mejor que la yerbabuena.

Por qué será que parece
que se ensanchan mis graneros,
que tu amor en mi alma crece,
que hay más luz en mis senderos.
Lluvia bendita sobre mi siembra,
rubia, bendita porque sos hembra.

Por qué será que parece
que nos mira todo Huaco,
también la majada crece
y está más viejo el huanaco.
¡Tierra… dichoso del que te siembra!
¡Sierra… bendita porque sos hembra!

Calladita, chinitita,
alivio de toda pena;
madrecita rubiecita
mejor que la yerbabuena.

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Astrolabio (CHAFA)


Astrolabio: El que agarra las estrellas.

Del latín medieval astrolabium, del griego astrolabion del griego astrolabos de astr/aster, astron = estrella - + lambanein, lazesthai asir, tomar, agarrar.

Y, aunque la segunda mitad de astrolabio viene de lambanein, me gusta porque la palabra parece dar a entender que es cosa de poner los labios junto a las estrellas, de besar a las estrellas; astros y labios. Además, un astrolabio siempre conjura imágenes de cartas desconocidas, de océanos ignotos y mares misteriosos, que en mi experiencia y como debe de ser, es por donde navega el corazón en busca de la esperanza. Por eso me gusta. Y por el hijo de Abelardo y Eloisa:

Eloísa (1101-1164), 22 años menor que Abelardo (1079-1142), era una muchachita excepcionalmente culta y educada, y el orgullo de su tío el canónigo Fulberto. Abelardo, atraído por la reputación de Eloísa, hizo uso de la suya que era bien conocida para persuadir al tío a que le permitiera dar lecciones privadas a la sobrina. Eloísa aprendió más que sus latines mientras perdía sus virtudes y el virgo con Abelardo (Intercambiamos más besos que proposiciones, mis manos se entretuvieron más a menudo en sus pechos que en nuestros libros. Estos besos y estos manoseos dieron su fruto, al que le pusieron el nombre de Astrolabio. A pesar de que Abelardo y Eloisa se casaron en secreto (y Eloísa de mala gana porque prefería más ser la amante que la esposa), Abelardo mandó a Eloisa a un convento en Argenteuil. El canónigo no vio estos manejos y manoseos con buenos ojos e hizo que sus jayanes y sirvientes, una noche, le cortaran las guayacas a Abelardo, operación que hicieron con prontitud y sin anestesia ni piedad. (Para leer la versión de Abelardo de estos eventos, los refiero a Historia calamitatum; "La histora de mis calamidades").

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Y aquí, el Arcipreste se va, no sin antes mandarle un beso a su doña Endrina, doquiera que sea el cielo en que ella esté brillando, que ella es una estrella donde el susodicho, temblando, pone sus labios.








(Chafallo, 13 de diciembre de 2003).

Me da una infancia increíble este rigor (IRENE)


Mi pueblo así, como un polvorón de la Señ'a Frasquita, no parece otra cosa que aquel sitio donde yo aprendí a montar en todos los vehículos con o sin motor, cambié los dientes y los cromos, y gané y perdí mil combas y amores. Al verlo sólo se me viene a la cabeza calzarme los guantes y montarme en las botas y buscar el mejor montón para preparar mi armamento y mis risas.

En la Plaza de las Palomas perdí un zarcillo y lloré y reí sobre mis patines. No había mejor agua ni mejor paciencia que la de Juan, el camarero del Casino, que jamás nos negó un trago, a pesar de que entrábamos vociferando y sobre ruedas. Sería, tal vez, porque les cedíamos el paso a los que entraban o salían porque eran personas mayores, gesto que ya no veo desde hace años.

Me da una infancia increíble este rigor. No teníamos a nadie en las carreteras para temer por sus vidas ante las inclemencias del temporal, o no éramos conscientes. Teníamos plazas y guantes, todos los bares abiertos para refugiarnos y una puntería envidiable. Teníamos fuerza en el brazo lanzador, y todos los amigos eran los enemigos perfectos. Las alianzas duraban lo que una bola de nieve en el aire, y el dolor de ser alcanzado pegaba, sobre todo, en el corazón.

Espero que os gusten las fotos, aunque, lejísimos ahora de mi infancia, de aquellas batallas y siendo otro el rigor, también espero que la nieve se derrita pronto, que tengo que usar la carretera, que ya no llevo guantes, y tampoco la fuerza es la misma en mi brazo lanzador.

(Irene, 30 de enero de 2007. No sé quién hizo estas fotos pero se lo agradezco).

Cómo harán los sordos... (CHAFA)

Hola, la tropa:

Cosa rara es, ésta de estar sordo.

Los grupos de gente –aparentemente silenciosos-- que uno ve en la puerta de la pizzería o a punto de entrar al cine parecen que estuvieran en un funeral o contemplando un accidente, o que estuvieran ahí reunidos para deplorar la muerte de un niño o escuchar las últimas noticias acerca de la salud del viejo dictador que, a pesar del invierno, no fenece; por otra parte, en el departamento, algo tan prosaico como el inodoro se convierte en un dispositivo de silenciosa eficiencia, y la radio en un artilugio sin utilidad. Por los caminos del parque los autos se deslizan tan suavemente como los cisnes por las ondas del lago, y los perros corren con el mismo silencio blanco con que cae la nieve. En general, habitar en esta sordera es vivir en un planeta triste y solitario en el invierno, debe de ser terrible y angustioso en el verano, sin pájaros ni chicharras invisibles que te canten y acompañen.

Lo que es curioso es que, aunque uno quiera, uno no se puede hacer el sordo, como uno se puede hacer el ciego cerrando o vedándose los ojos seriamente. Un juego terrible que yo de niño practicaba, era este de la ceguera; cerraba los ojos decisivamente, sin que nadie se percatara, y me quedaba ahí calladito entre la gente parlanchina y pos prandial; un elemento importante era llegar casi hasta la certeza de que, si uno abría los ojos, uno seguiría metido en esa oscuridad manchada de fosfenas para siempre. Eso era lo terrible y lo sublime del juego: aguantar hasta cuando más se pudiera. La espera, casi insoportable; el resultado, sublime; fiat lux y, de pronto, el brillo de la fuente de plata con higos sobre la mesa del comedor, más allá, la lucecita azul de la Telefunken, el exagerado dramatismo del cuadro de la Última Cena, la gata envuelta en el ovillo de su tibia siesta en el alféizar de la ventana.

Hacerse el sordo a voluntad no es fácil, con la excepción del que no quiere oír que, como sabemos proverbialmente, es el peor de los sordos, pero ésa es otra historia. Uno puede poner las palmas de las manos sobre las orejas y con los brazos abietos en jarra, apretarlas y tararear algo como la, la, la, la, la…¿quién le hace caso al burro picasooo…? o meterse algodones en los oídos (los que han dormido con roncadores saben cuán eficiente es esta medida), pero no es lo mismo. Y uno nunca parece ser o estar serio cuando se hace el sordo porque hacerse el sordo no parece ser un afán muy serio. Pero hoy, y desde hace días, a consecuencia de un resfrío y otros barullos, una infección a los oídos me tiene seria, total y dolorosamente sordo. Por eso.

Y buen finde pa todos a pesar de la “silenciosa claridad” que me rodea.

El Chafa, pensando en Goya y Beethoven, compadres (
9 de febrero de 2007).


¿Cómo harán los sordos pa' darse cuenta de que se les acabó el mate?
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El imperativo, rogad por él (IRENE-CHAFA)

Estaba viendo con un poco más de detenimiento ese artículo que he mandado a la taberna sobre los préstamos de pago en las bibliotecas. Otra de tantas cosas de este mundo que merecen observación y discusión. Pero me he percatado después de la última frase. Dice así: "Pasarlo a vuestras listas de correo para correr la voz. Por el placer de la lectura."

Bien. A lo que voy es al imperativo, que ya no está, que se está perdiendo. En Andalucía nos es bastante difícil pronunciarlo del todo: comed la fruta, apagadme la luz, pasadlo a vuestras listas de correo ... Esa "d" es jodidilla para los que hemos mamado las terminaciones abiertas, sin demasiada distinción entre unas y otras. Pero no pronunciamos lo mismo una "d" final que una "s" final. Es decir, no pronunciamos ninguna, pero hay una sutil diferencia en la abertura de nuestra boca. La "s" final es la que más nos hace abrirla aunque no emitamos ni un trozo de fleco de fonema de la ese de marras.

Sin embargo, hay una enorme diferencia entre una "s" o una "d" de final de sílaba y una "r" de final de sílaba. La "r" final sí la pronunciamos; levemente, pero la pronunciamos. En el peor de los casos, la sustituimos por una ele, como hacía a veces mi padre y siempre hacen mis tíos Pepe, Paco, Manuel... "niños, venih a comeL" (de paso, esa "h" de "venih" no es una ere sino una "d", como debe ser).

Pero esto ya sólo lo hacen mis tíos: incluso aquí, en esta tierra de pronunciación visionaria pero de estructura gramatical intachable, en esta tierra de la perfección escondida, tapada con jaleos y achalays, embrutecida a conciecia con vino y arado, oculta por pudor, en esta tierra lucidora de lo rudo el imperativo nos dice adiós desde un débil aliento que sale de las bocas de los menores de 50, justamente ahora que estamos dejando de ser la España profunda para ir viniéndonos abajo, justamente ahora que prosperamos, justamente ahora y a la vez, nuestro famoso lenguaje perfecto en su estructura se está yendo por la esquina del campo. Y no hay más imperativo, ni siquiera aquí, donde nunca cuajaron los laísmos ni los reflexivos extraños ("no irse", dicen en Sevilla), donde los sufijos atendían a sus merecidas variantes (no es lo mismo ser vergonzudo que vergonzoso, esta mañana lo discutía con mis compañeros de trabajo, en el desayuno), donde había tantas sutilezas como nuestro gallardo idioma nos permite, aquí se me ha muerto también el imperativo, como del rayo y Ramón Sijé. "Haced los deberes" ya no se oye, ahora se escucha "hacer los deberes", los propios maestros lo dicen así, en infinitivo al más puro estilo de doblaje far west.

Se nos ha muerto, rogad por él. Tal vez éste sea el único verbo en el que vive: paradójicamente, el verbo que anuncia en las esquelas que nosotros nos hemos muerto. Nos está esperando allí.

(Irene, 3 de octubre de 2007).


"LOS QUE QUIERAN PRENDANSE" (CHAFA)

Parte de esta agonía debe ser el hecho de que ustedes, los de la España profunda, usan el vosotros; pasadlo, escribid; prendeos. En América, aunque sí se lee (más que oírse) ese infinitivo (ej: "Favor escribir su nombre y apellido", detestable), es más frecuente "Pásenlo a sus amigos; escriban su nombre completo; los que quieran prendansen*; digan la verdad, etc.". Tanto, claro está, para ustedes formal como para ustedes informal, oséase vuestro vosotros.

* Este es un juego o era un juego de chicos donde, corriendo y tomados de la mano, los changuitos hacían una hilera o sarta e invitaban a más participantes cantando "los que quieran prendansen" y otros chicos se iban prendiendo y prendiendo hasta que había una docena o más en la hilera y el último era el que pagaba el pato o era el pato de la boda porque la hilera, corriendo, hacía una curva cerrada y el último, las más de las veces --por esa ley física que no me acuerdo cómo se llama-- salía disparado como un escupitajo y se depellejaba los rodillas y amolaba los codos y la dignidad. No recuerdo cuál era el objeto de este juego pero me imagino que sería el resistir el chicotazo y permanecer unido a la hilera de pie y más o menos y aparentemente incólume aunque fuera con el hombro luxado y candidato a la antiflogistina materna.

(Chafallo, 4 de octubre de 2007)


EL LÁTIGO (IRENE)


¡Ja!: ¡eso era el látigo! Yo era experta en ser la última. Como era la más chica, la más enclenque, la más endeble y la que menos pesaba, y además me daba igual, unas veces porque me gustaba que la pandilla se riera, otras porque era mi sitio adjudicado, yo siempre era la última, la que salía volando. La Mula era la primera, y después Fuensanta, Inés, Che, Nuria... diez o doce, efectivamente, Irene la última. Yo volaba en eso y cuando me peleaba con Javi el rubio, que era un mastodonte carne de reformatorio, rubio de bote pero rubio natural, cara cuadrada, cero en Geografía, cero en Matemáticas, cero en todo, brazos abiertos y puños siempre cerrados. Y a mí sabía cabrearme, me iba para él, a su pecho y su barriga a dar infructuosos puñetazos, y entonces era cuando volaba. Pero en el látigo era cuando más. Aprendí a caerme porque casi siempre me caía. Ya no me duele, y ahora lo recuerdo entre risas. Era eso, el látigo. Qué increíble, ¿cómo puede ser todo tan parecido?

(Irene, 4 de octubre de 2007)

El cielo y nada más (CHAFA)

Busco al fondo de la calle
un cerro
pero encuentro el cielo
y nada más.


(Falú y Dávalos; La nostalgiosa)



Esta mañana remoloneando un poco y otro poco preparando un estofado de esos que a veces tienen sabor a gloria y siempre alma de labrador, es decir de esos “que agarran” (lo estoy haciendo en el crock pot; cebollas, ajos, apio, un poco de sanagorias, unos porotos blancos, arvejas, carne de vaca en abundancia, una lata de tomates, un buen chorro de vino tinto, una hoja de laurel, pimienta, sal, en fin… the works) me demoré en salir pa'l laburo. La cosa es que cuando entré a la autopista ya estaba clareando el alba, y con el claror del alba y el espacio abierto de la carretera me di cuenta de que en el horizonte sólo se veían las ramas sin hojas de los árboles y, encima de las ramas, un cielo “que tenía el color rosado de la encía de los leopardos” (Borges dixit en Las ruinas circulares). Y después nada más o, más bien, el infinito; ni Cuesta ‘e Sama ni Loma de San Juan ni Cerro de San Bernardo y, de pronto, me dieron ganas de sujetarme en el asiento del coche pues sentí que, si no me cuidaba, me iba a caer al cielo, al vacío, al éter y, al final, a la nada.

Ahora, esto de no tener cerros no es una cosa nueva pa’ quien, como yo, vive en el Midwest de Lesetasuní por 35 años y durante 30 de esos 35 en Iowa* pero, en general y ya sea en Iowa o en Illinois, uno sabe que no es cosa de andar todos los días con la boca abierta y mirando el horizonte pues, entre otras diligencias y menesteres, uno tiene que trabajar pa' ganarse los fideos o el estofado de marras. Por otra parte, la ciudad y el Sheraton, los multiplexes y el Edificio del Hoden Comprehensive Oncology Center de los U of I Hospitals y los estacionamientos verticales, otras estructuras y afanes, no le dan a uno la oportunidad de percatarse de que uno, por acá, aunque vive rodeado de hormigón armado, asfalto y vidrio, también y ahí nomá cerca de “Pompeya y mas allá la inundación”, vive sin cerros centinelas o protectores. En todo caso, me dio no sé qué esta mañana, de pronto, darme cuenta de que estaba cósmicamente en pelotas y al borde irremediable de un horizonte de nunca acabar.

Hablando de decires de Borges, Georgie, en una de sus conferencias por acá en la Universidad, allá por el año 84 u 85, dijo que el paisaje de Iowa le recordaba mucho al de la Argentina. No sé dónde andaría Borges por Iowa ni dónde fue que sus pupilas reflejaron el paisaje argentino, pero yo --que conozco los dos de memoria y corazón-- no estoy de acuerdo para nada. A lo mejor Borges lo dijo de chupamedias nomá, o a lo mejor se confundió con el paisaje del estado de Kansas, que por sus trigales, a veces y por tramos, y si uno le pone voluntad y añade los ombuses omnipresentes y los chajases eventuales del Sur (ombúes y chajáes pa' los exquisitos), se parece un poco a la provincia de Buenos Aires y sus alrededores.

Bueh... eso es todo por el momento. Condiós y hasta más ver, aparceros. Y a aquellos que viven en las faldas de los cerros, ancestrales o no, les aconsejo aprecien la danza de las nubes, la recóndita intimada de los helechos y la oculta frescura de las vertientes, pues como decía don Ata (ya que empecé con un epígrafe de zambita vale la pena que la acabe con el colofón de otrita):



"Tú que puedes vuélveteme me dijo el río llorando, los cerros que tanto quieres, me dijo, allá te están esperando”.

(Chafallo, 1 de diciembre de 2005).

El jazmín (CHAFA)


¡Azahar de blanco jazmín
que aromas el patio del viejo jardín;
un beso de luna me espera en los valles:
mi rancho, mi madre, todo mi sentir!


(Volveré; El Chango Rodríguez)


Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.

(Un patio; J.L. Borges)



¡Qué lindo Zena, qué lindo!


El jazmín chino que en mi casa también se llamaba jazmín de arroz, se derramaba desde la galería del segundo piso y, como traje de novia con amatistas de abejas y lapislázuli de libélulas, caía perfumando la tarde por la esquina sudoeste de mi patio. A su lado había un árbol de jazmín paraguayo con dos loros barranqueros y guarangos y, un poquito mas allá, trepando cerca de la reja de mi ventana hacia el cielo, triunfaba como una princesa la glicina color cielo. Había limoneros y naranjos rodeados por arcos enjalbegados a cuyas columnas se abrazaban, lujuriantes y sensuales, los locotos y, ¡Ave María Purísima... qué de macetas con geranios, qué de albahacas!..., ¡si parece mentira haber aprendido a andar y haber crecido entre tanta maravilla!, de verdad, ahora me parece increíble. Si algo de bueno y noble hay en mí, me viene en gran parte del patio de mis años mozos, y sus días de vino y rosas... Gracias, Zenísima, por los jazmines y las memorias.

(Chafallo, martes, 17 de mayo de 2005).

[Creo que el que canta se llama Pedro Saavedra]



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domingo, 23 de marzo de 2008

Zamba, ya no me dejes (IRENE)





Zamba, ya no me dejes:
yo sin tu canto no vivo más.

La verdad es que hay cosas que no se pueden explicar: se cuentan y con eso tiene uno que andar andando. Yo no sé qué mecanismos determinan que uno genere una química específica que es la justa química que coincide con la que está generando en el mismo momento la gente que te ve cantar. Para mí es un misterio. Es un misterio porque no siempre ocurre, a pesar de que uno siempre se pone frente al escaso público con las mismas herramientas: músicos que tiran de su virtud más que de horas de ensayo, una voz, un poncho que adorna y abriga el alma y los recuerdos, un sombrero, los gestos, las manos y, por supuesto, las canciones. Pero todas esas herramientas, invariables, no conducen siempre a lo mismo.

Anoche acabé con un nudo en la garganta cuando empecé a cantar esos dos versos que no pude terminar, porque la voz se me fue subiendo a los ojos, y ahí se me hizo zumo de almíbar caliente que me cristalizó en la retina las caras de la gente. El público llevaba cantando conmigo tres canciones, las tres últimas. Atento, dispuesto, sonriente. Se les veía estar a cada uno consigo mismo, y conmigo a la vez, totalmente implicados.

Puede que el de anoche haya sido mi mejor concierto. Pequeñito, casi escondido en este rincón escondido del mundo.

Y luego la gente se te acerca. Hombres, mujeres. Te besan, te dicen "guapa", y te confiesan que creían haber perdido la capacidad de estremecerse. Gente con sus abulias y sus miserias, que no recuerdan cuándo fue la última vez que el vello se les fue con la luna. Y te dicen que hacía tiempo que no tenían sensaciones, que hacía tiempo que la música ya no les alteraba el alma, que lo han vivido todo... Y ahí estás tú, debajo de tu sombrero, intentando recuperarte de lo que brilla en tus ojos, oyendo que eres tú la que los ha devuelto por un momento a vivir intensamente.

Todo esto es un misterio; zamba, ya no me dejes.

(Irene, 23 de febrero de 2008)

martes, 18 de marzo de 2008

Semana Santa (CHAFA)

¡Cómo me gustaba la Semana Santa allá y entonces!…

El olor a bacalao con tomate y aceite de oliva, a chocolote con leche, y a naranjas dulces y maní tostao en el aire y, en el aire y el corazón, el color dorado de las tardes a punto de caerse en el otoño, el color violeta, profundo y lúgubre, de los paños que cubrían las imágenes de los santos de las iglesias y las casas, y el sonido indescriptible de las matracas volando con pesadas alas de aldabas y madera sobre las aladrillada tibieza de las tejas de mis techos viejos. La casa se hacía más íntima y la familia más unida entonces, alrededor de la abundante y paradójica abstinencia de las comidas de Cuaresma. En la Semana Santa recuerdo más las lágrimas de la Dolorosa en la procesión de las nueve de la noche del Viernes Santo que la promesa de las rosas pascuas y los arcos de flores de la madrugada del Domingo de Resurrección. ¡Joder, cómo extraño a Dios y a mi Ángel de la Guarda en estos días!! (Chafa, 17 de marzo de 2008, en La taberna del Buda).

jueves, 13 de marzo de 2008

Remembranzas (CHAFA)


Yo estaba sentao con el codo en la ventanilla, cerca de un sándwich de jamón con queso y al lao de la Lorena Bernardo, piernas largas, pelo largo, cintura angosta y voz de grillo, que olía a paraíso y a jazmín. Creo que el Coco Lucero, sé que el Zarco Molina y no sé quién más, estaban en el asiento frente a nosotros. Ahí nomá el Zarco desenfundó su guitarra y se puso a cantar Angélica. Ésa fue la primera vez que la escuché, de verdad, mientras nuestro tren pasaba resollando por Tilcara o Maimará recién llovidas hacia el Sur, hacia el otoño y hacia la incertidumbre de estudiante pobre. De eso hace más de cien años de soledad y veinte mil leguas de viaje submarino, pero cada vez que escucho Angélica (frecuentemente) me acuerdo de los cerros de la Quebrada pasando por mi ventanilla y el olor a lluvia de la tierra y el olor a jazmín del pelo de la Lorena, mis brazos fueron tu nido; tu velo, la luz de la luna entre los álamos.

Verano al atardecer, olor a asao, algarabía de voces y tintineo de vasos, conversación de primas y bordonas alrededor y, al fondo, más allá de la galería de arcos y en la penumbra, el rosedal de la quinta del Nano a punto de encenderse en luciérnagas. Eso es Calle angosta pa' mí. No sé, no creo o, mejor dicho, sé que ésa no era la primera vez que la escuchaba pero eso es Calle angosta pa' mí. Es el cumpleaños de la Manuelita, hermana del Nano, celebrando sus dieciséis metida en un traje de raso rosao y en su inseparable silla de ruedas, y cantores de aquel entonces, ahí, en rueda se juntaban y en homenaje de criollos siempre lo nuestro cantaban… (El Chafa, 27 de octubre de 2006).

lunes, 10 de marzo de 2008

Recuerdos de todos (IRENE)


Será porque en estas fechas me da por mirar mensajes de entonces, fotos de antes, las cosas que surgieron (bah... en todas las estas fechas me da por mirar mensajes de antes, y es que yo vivo mucho del pasado; es cierto: a veces mi presente es un intento de recreación del pasado, bueh, decía)... la taberna me va saliendo por los ojos. Hoy he ido con mis compañeros a comer, como siempre que me quedo aquí a comer, pero esta vez he ido sola. No sé... de esas veces, ¿no? Uno atiende de soslayo su entorno inmediato y observa con más detenimiento el alrededor ligeramente más lejano, ese tumulto de mesas y gente en la barra, ese entrar y salir, y buscarse los ojos y los cuerpos...

Estaba el Picotto ahí, con su camisa aeronáutica y de perfil en la barra charlando a sonrisas y a explicaciones de manos con una morena de bata blanca y caderas brillantes. Y había en una mesa algo lejana una mujer de algún lugar; no era de España pero tenía que hablar español de lengua madre, una mujer que era Andrea. La observaba mover los labios, y a saber cuál era su acento, pero en mi cabeza el dibujo de esos labios sonaba argentino. El Chafa, en la mesa de al lado, era un muy bien atendido forense de cátedra, con bata blanca y barba a lo Valle-Inclán. Siempre asiente y sonríe ese hombre que habla a menudo y que a menudo está entre mujeres más o menos jóvenes, seguro aprendices de Dios sabe qué sabidurías de ojos brillantes y explicación minuciosa y entusiasta que, además de envidia, dan muestras de estar a placer.

Una chica relimpia, de cara despejada y tersa, miraba con atención a dos interlocutores. Los tres estaban en la mesa del otro lado. La llamaban Zena y le pedían opinión, luego sonreían los tres y uno escribía un esquema en el mantel de papel, obviamente en un momento creativo del trío, evidentemente entusiasmado.

Por las escaleras del costado, un señor de pelo y bata blancos buscaba a quienes lo esperaban; en la mesa de atrás alguien anunció que le iba a hacer un gesto a Emili: "Estamos aquí", pude oír en un grito susurrado. Una carcajada me despistó de mi última escena de cine; miré de reojo y pude ver a Dani, un chico de porte atlético, pestañas enormes y cuerpo de montador de fábrica; blandía unos hoyuelos deliciosos que tildaban su risa de ternura y fortaleza.

Hacía mucho tiempo que no veía a Leandro, que entró con prisa y terminando una conversación telefónica que el ruido del bar clausuraba. Una mochila a medio poner le daba ese aspecto siempre universitario. Se dirigió a la esquina más concurrida y querida de la barra (todas las barras tienen un lugar especial; es ese escaso metro elegido adonde acuden desde dentro los camareros a reír y también beber cuando nadie los reclama). Brindaba el grupo en alguna celebración y a él lo recibieron con evidente alegría de brazos abiertos.

Dos mujeres acompañaban a Stella y se dejaban servir un buen plato de cocido granadino. Por los gestos hablaban de la buena hechura, del olor. Ella hizo un gesto de mano abierta sobre su plato atrayendo hacia su rostro el vapor caliente, como un director de orquesta cuando empieza un pasaje lento y pianísimo.

Alguien de antaño me llamó la atención desde el patio del bar. Giulia descansaba en uno de los bancos de hierro forjado, mirando los gorriones de la fuente, mirando a los "batas blancas" que cruzaban entre el jardín para almorzar y envuelta en un olor de naranjo y agua de fuente ligeramente tocados por el sol otoñal.

El Fulano charlaba en otra esquina con un conferenciante de visita. Carlos alemán le alcanzaba amigablemente el hombro con su mano. Ambos gesticulaban apoyando argumentos y estaban de acuerdo. Sus portes eran seguros y elegantes, y tenían buen apetito: los camareros los servían con alegría y no esquivaban la ocasión de pararse a conversar con ellos. ¿De qué hablarían Pepe y Paco con aquellos dos señores con pinta de catedráticos?, ¡qué ganas de oír esa conversación!
Había caras que podían ser perfectamente conocidas. Argentina Argelia andaba por ahí, con un refresco en la sonrisa; y Nora, y la otra Stella, y nuestra Lola castellana, y Ángel y Mirta y Erico y Pentti...

"Los portas que hemos llevado al laboratorio tenemos que registrarlos ahora a la vuelta". Esa frase me devuelve a mi mesa. De pronto miro a mi compañero, al que casi le doblo la edad, y lo oigo entre sonrisas: "Agüela, está usté hoy que no está". Me doy cuenta de que he comido sin darme cuenta. Mi plato está vacío y me noto frescura en los ojos. Porque las caras que veo a diario en ese lugar podrían ser perfectamente las vuestras. Todos os pareceis a la gente que está en mi mundo cotidiano. Si no sé vuestros rostros, lo que escribís os los va perfilando. Si hubiera tenido valor, habría sacado allí mismo mi cámara y os hubiera retratado a todos.

Un almuerzo riquísimo el de hoy.

Buen provecho.



(Irene, 26 de octubre de 2006 en La taberna del Buda)

Pregúntale a todo el mundo (IRENE)

Hay días felices, no sé... así de raros. A veces uno no sabe qué tiene el día, que te dan ganas --y a la vez alegría-- de irte a un bar a beberte unas miradas. Unas miradas lejanas que tú crees que se acercan, simplemente por esa invasión de alegría. Tal vez porque sabes que algunas cosas están en su sitio después de tu empeño, tu propósito y tus ganas. Y sabes que el mundo lo sabe, a juzgar por tu cara.

Es hoy, en medio de octubre, una plenitud de 15 de agosto. La plenitud de cuando la Virgen de las Trampas hace recuento en las cosechas y empareja igualas y salda deudas. Es ver los brotes de la siembra con la debilidad de su fortaleza a escasos milímetros de los apelmazados surcos; y es ver los serones con esa preñez de mañana segadora, a un lado y otro del mulo que sube desde la vega. Huele a frescor de olor verde con violeta de flor de alfalfa. Hay cosas en la vida... yo no sé...

La sensación de placer te invade. Miras atrás y casi no te lo puedes creer: tantas ganas, el dolor de cintura después de un día acompañando a cada semilla a su lugar dentro de la tierra, la incertidumbre de lo que será pasados los meses, el ansia por que brote un pequeño tallo verde transparente, y luego una hoja menor que una cerilla, insignificante... esa seguridad que da todo recién nacido, a pesar del quebradizo aspecto...

Hoy sabes, mientras caminas tu victoria con el placer del cansancio merecido, que estás donde querías; que has puesto a las puertas de tu casa el maíz al sol; que preñaste la tierra con el sudor de las pequeñas derrotas y el vigor de tu certeza; y ofreces tu parva con un contento de lágrimas, con las manos abiertas; y sabes que en sus grietas de labranza duermen otras cosechas. (Irene, 10 de octubre de 2006, en La taberna del Buda).

La diferencia (IRENE)


Desde que empecé a apreciar el folclore argentino, estoy buscando su similitud con mi flamenco andaluz. Ahora que ando más metida que nunca en el asunto y que lo veo desde más cerca, miro con otras herramientas.


Siempre he dicho que el folclore argentino y el sentir andaluz son hermanos, que debe de haber un nexo de unión, un vértice donde ambos empiecen y acaben. Pensaba en las metáforas, en las maneras de expresión, en que ambos son cante del pueblo, engendrados en él, y que en él y en la tierra se han hecho prósperos.

Hasta hoy no he encontrado la similitud, el nombre de aquello en que se parecen.

Pero hoy he encontrado la diferencia. Seguro que la encontré hace años, el mismo día que supe que ambas maneras de expresarse van de la mano. Hace años, decía, pero hoy he encontrado las palabras para decirlo. Yo creo que ambos, folclore argentino y flamenco (letras, sentimiento andaluz...) recorren el mismo camino pero en sentido diferente. Ambos son la visión completa que uno tiene cuando se desplaza a un lugar y vuelve. Si alguna vez tenéis la oportunidad de viajar en sentido contrario al de la marcha (yo le he hecho viajando atrás en 4x4), veréis cómo el paisaje que se os presenta es el del camino de vuelta, y no el de ida que lleváis. A mí siempre me resulta extraño viajar así, extraño pero agradable comprobar lo dicho: ver el camino que ves cuando vuelves.

El folclore argentino y el sentir andaluz tienen esa diferencia: ambos están en la misma carretera pero uno va en un sentido y otro en el contrario. Ambos recorren el mismo paisaje pero el orden de los elementos está al revés: donde uno ve un árbol a la entrada de un pueblo, el otro lo está viendo a la salida.

El flamenco recorre el camino desde dentro. Por eso hay sangre y rigor y hondura. Por eso es oscuro (por dentro somos oscuros, ¿no?). El sentir andaluz estalla porque sale. Lleva el aliento en el quejío, el sabor del azufre del desamor y el almíbar de los besos del amante. El cantaor canta miradas, canta heridas, canta gestos, y caracoles canta si ve a su novia cruzar la calle. Toma el aire de su sangre, nos muestra su paisaje y nos pierde en palabras, en música, en sentimiento.

El folclore argentino se clava porque entra. Argentina canta desde afuera, y por eso está el viento en sus letras, y hay rigor y ceibos, inundaciones y el Paraná, y jacarandás y aromos, y miles de peces y pájaros que yo no sabría nombrar, y miradas indias y andaluzas que siempre están en el aire. Por eso hay estaciones en sus letras. Hay primavera celeste y naranja, y verde y roja y azul; otoño vidalero de ocre, riguroso invierno. Es como si el cantor no tomara aire, sino paisaje. Por eso tienen las letras esa dimensión triple de palabra, música y sentimiento.

Ambos, cada uno en su camino, toman el atajo de mi cuerpo y me cruzan el pecho interesándome el corazón.

(Irene, julio de 2006 en La taberna del Buda)

Cum pane (CHAFA)


Este mensaje lo mandé un año pasado dondequiera que me encontraba entonces mandando mensajes. Desde entonces muchas cosas han pasado para mí, dos de ellas, las más relevantes de mi vida; de ésas que lo cambian a uno para siempre absoluta, profunda e irreversiblemente. La relevancia que estas líneas tenían entonces para mí también ha cambiado. Por lo que valga, las mando de nuevo. A los que las sufrieron antes, que me disculpen; a los otros gracias por su pacienia, y ¡salud!

¡¡¡...y sentir en el aire
aromas de albahaca pa'l carnaval!!!

Hoy es Jueves de Comadres y hace una semana fue el Jueves de Compadres en mi pago; por eso y porque estábamos hablando de cumpas, cumpays, compas y compañeros y porque más vale tarde que nunca, aquí va mi aporte a esto de los compadres: El compadre* (del latin con pater/patris) es un co-padre, un parentesco espiritual que surge a consecuencia de un bautismo o una confirmación: "El que faca un hijo de pila a otro o es padrino de Confirmación" (Covarrubias, Dicc. de autoridades). "Estos padres son compadres de los padres e las madres de aquellos que tuvieron cuando los confirmaron los Obispos; y por ello entre compadres, o Padrinos y ahijada es circunstancia gravissima y que muda especie, la culpa deshonesta". No sé con certeza que se quiere decir con esto de "que muda especie"; conjeturo que sería considerado como un "incesto espirtual". De modo que una forma de establecer compadrazgo o parentesco espiritual (y responsabilidad paternal hacia el ahijado o la ahijada en caso de orfandad o abandono) entre personas, es hacerlos padrinos o co-padres del bautizo o la confirmación. También (aquí sigo con Covarrubias) "llama así [compadre] en Andalucía y otras partes, la gente vulgar a sus amigos y suele ser modo de saludarle cuando se encuentran en los caminos o las posadas unos a otros". Pero Cervantes, que no era gente vulgar, lo usa: "Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra, porque es fama que lo compuso un discreto rey de Portugal", dice el cura a Maese Nicolás; y Maese Nicolas: "No, señor compadre --replicó el barbero--; que éste que aquí tengo es el famoso 'Belianís'" (Quix. 6, I. "Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo"). Quevedo, que es más vulgar que Cervantes pero no menos ingenioso, escribe: "Hiciéronnos [unos pícaros] un gesto con la boca: y luego a mi amigo le dixeron: con voces mohínas, sisando [seseando] "seidor" [servidor] So compadre". (El buscón, 23).

En mi pago, que Dios me lo conserve gallardo y noble, hay otra forma que no produce ahijados pero que sí establece o confirma un alto grado de amistad. Es el jueves de compadres, que es el antepenúltimo jueves de las Carnestolendas y que parece que nos viene a nosotros, a través de las Españas, desde la Roma pagana donde había un Dies Iovis Bacchanalis quo symbola conferunt bellounes, o sea --liberalmente traducido-- el día de Júpiter (o jueves) de bacanales donde se juntan los monstruos (¿el vulgo?) a cambiar regalos y lisonjas. Y el jueves antes del carnaval es el jueves de comadres donde se retribuye con otro regalo lo que los elegidos candidatos del compadrazgo recibieron el dies Iovis bachannalis: tortas, albahacas, serpentinas, dulces. (Si una moza te elige el antepenúltimo jueves, tenés que retribuirle la torta o la prenda el jueves antecitos del carnaval o sease hoy día).

*Compañero no viene de compadre sino de compañía, vía "cum pane" que es compartir el pan. Siempre he pensado, y así lo he dicho en algunas oportunidades, que la palabra castellana "compañero" o "compañera" es hermosísima y no tiene igual. Además de su maravillosa etimología de comunión, de suyo poética y abrazadora, la palabra, generosamente, se extiende desde mi hermosa Cuba galante y asediada, hasta las telas de mi corazón; la usamos en nuestro idioma para expresar camaradería, ternura, amistad, y un destino o una cama o una pena o una dicha compartidos; qué lindo es decir "mire, ésta es mi compañera". Vale decir: ésta es mi mujer, mi patrona, mi señora, mi amiga, mi niña, mi dulcinea, mi hermana, mi comadre, mi amante, mi maestra, mi alumna, ¡y que sé yo que más! No es lo mismo companion en inglés, o copain en francés, o compagno en italiano, aunque vienen de la misma fuente.

De modo que si no tienen la dicha de tenerla (o tenerlo) a su lado sigan repitiéndose:

No tengo consuelo
cuando me desvelo
sin acariciar tu piel:
Volverás un día
compañera mía
¡sangre de mi corazón!

Tenquirme ahora porque no sólo de pan compartido vive el hombre.

(El Chafa, febrero de 2004)

Uagadugú (CHAFA)


Al mismo tiempo que quiero comprobar si mi e-mail o la Taberna o lo que sea funciona hoy, aprovecho la ocasión para expresar públicamente, y una vez más, mi frustración con el Manual de estilo de la lengua española de José Martínez de Souza. Es el libro mós entreverado –el único así de entreverao y con ese sistema --enrevesao-- que he visto en mi vida (y creedme, para bien o para mal, gran parte de mi vida y mis horas de ocio y trabajo las he pasado metido en estos libros de texto y referencia). Es casi imposible encontrar un dato en menos de cinco minutos. Esta mañana, por ejemplo, más por curiosidad que por necesidad, estaba buscando cómo deletrear el nombre de la capital de Burkina Faso en español, que es Ougadougo en inglés. Me costó muelas --de las que tengo una, máximo dos, que compartir-- encontrar finalmente que, según Martínez de Souza, se escribe Uagadugú. No sabía por dónde empezar mi busquéda en el manual de marras así que guiado por la lógica y confiado en el sentido común, me fui al Índice, quizás –pensé-- haya algo acerca de
Geografía de África o de capitales o qué sé yo… nada. Sólo encontré un titulito que decía Segunda parte: Diccionario de materias; Índice de materias Pág. 203. Me fui, pues, a la página 203 y encontré no un índice, válgame Dios, sino una lista enorme de materias. Una lista que empezaba en abreviaciones y pasando por todo lo creado por Dios Padre más el contenido y los seres del Arca de Noé sin otro orden ni lógica que la que nos depara el alafabeto, terminaba en zoónimos. No había números de página ni criterios de agrupación de materias por especie o fecha o color o ni nada. Sin rima ni razón como se dice en inglé (withouh rhyme nor reason) ni nada*, de modo que de puro tincazo e instinto nomá, tuve que pasar por Monjas y Música y Naves hasta llegar a Nombres, y allá, entre una tracalada de nombres finalmente encontré nombres geográficos, pero nada más: no número de página o entrada o nada, así que me fui a buscar nombres geográficos y finalmente llegué a nombres geográficos hojeando, fíjate vos, no por número de página ni nada, y allí una encontré una referencia que me dirigía a topónimos por supuesto, no número de página ni nada. De nuevo a hojear hacia topónimos y pasando por títulos, títulos de imprenta, tomos y topografía finalmente llegué a topónimos donde me entero de que, en un Cuadro t4 --nombres de sus capitales y sus gentilicios-- está Ugadugú como la capital de Burkina Faso. ¡La pemequelepé! Depués, en mi pequeño Larousse Ilustrado me tomó como quince segundos encontrar que se llama Ougadougo, lo mismo que en inglés. En situaciones como esta me entran unas ganas bárbaras de ahogar o quemar el libro de marras. No lo hago porque desde changuito tengo casi un innato e innatural respeto por los libros. Sin embargo no me negaría a darle una patada en el culo a José Martinez de Sousa. Con todo respeto, por supuesto.

Hasta mas ver
Chafallo Viralata






* Me recuerda a Borges, que en su El idioma analítico ed John Wilkes nos cuenta que:

...el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en:

a. pertenecientes al Emperador
b. embalsamados
c. amaestrados
d. lechones
e. sirenas
f. fabulosos
g.
perros sueltos
h. incluidos en esta clasificación
i. que se agitan como locos
j. innumerables
kl. dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello
l. etcétera
m. que acaban de romper el jarrón
n. que de lejos parecen moscas

(Chafa, mayo de 2006 en La taberna del Buda).


sábado, 8 de marzo de 2008

Wally (CHAFA)

acullico. (Del quechua akullikuy). 1. m. NO Arg., Bol. y Perú. Pequeña bola hecha con hojas de coca, que suele mezclarse con cenizas de quinua y papa hervida. Al mascarla se diluyen en la saliva los principios activos del estimulante.

Hola, la tropa:

Les endilgo esta modesta memoria de Wally a manera de acullico pues, aunque el DRAE no lo dice, al akullikuy allá por mis pagos también se lo usa para rumiar y meditar y pasar el tiempo, además de engañar al hambre, al cansancio, al abandono y a la soledad (que no son la misma cosa pero frecuentemente andan de la mano). La escribí ya hace tiempito, al final de un invierno largo (¿sería en mayo del 1999 ó 2000?) y aciago, lo que, en parte explica pero no justifica ni redime (¡cuitado de mí!) su desangelada sensiblería. Pero como es para pasar el tiempo y rumiar y charlar, aquí va "con verrugas y todo":

Nadie como Wally pa’ arreglar un cerrojo o desatrancar un inodoro. Con un cigarrillo perenne en la comisura de los labios (sumidos en busca de los dientes que ya no estaban ahí, me imagino) un overall de "denim" y la camisa de franela a cuadros, Wally enarbolaba y manejaba esa ventosa de goma con mango que aquí se llama plunger y que se usa en los inodoros, con la seguridad y la gracia de un maestro de esgrima (siempre me ha maravillado la eficacia de este artilugio; ¿cómo --digo yo-- una cosa tan simple, puede resolver un problema tan engorroso y delicado como el de un inodoro que no funca, convertido en una especie de pecera con sospechosos huéspedes nadando entre algas de papel higiénico?). Wally llevaba el resto de sus herramientas como si fueran pistolas, en un estuche o cartuchera sobre las caderas: un conjunto de destornilladores, llaves, alicates y martillos, que cascabeleaban al ritmo de su viejo paso de cowboy. Su compañero indispensable era Bo (apócope e hipocorístico de "Beauregard"), un perro lanudo y atorrante que cometía los tres pecados capitales de la pereza, la gula y la lujuria con entusiasmo y dedicación (practicaba los dos primeros constantemente, y el tercero, siempre que la ocasión le deparaba una inocente y descuidada pierna a su alcance) y la incompresible virtud de hacerse querer por todos los que se cruzaban en su sendero de perro. Bo no tenía ninguna gracia; no sabía (sospecho que sabía, pero no le daba la perruna y real gana de hacerlo) dar la mano, ni hacerse el muerto, ni pedir comida erguido en las patas traseras, ni nada de esas monadas que saben hacer los perros y que fascinan a las señoras gordas y a los niños. Era, eso sí, un pendenciero y un atorrante irremediable. La otra virtud de Bo, y creo que ésta era la que lo redimía en los ojos y el corazón de Wally, era su paciencia para escuchar a su amo. Bo tenía esa cualidad --muchas veces fingida en mis congéneres-- que se llama "prestar atención", y en él creo que era absolutamente sincera. Bo sabía escuchar. Bo se podía convertir en un momento, y de húmedo hocico a cola levemente meneada, en una oreja peluda y atenta. Y a Wally le gustaba hablar; mama mía, ¡cómo le gustaba hablar!... De modo que en Bo y Wally se encontraron, como dicen, el hambre y las ganas de comer.

Entre otros innumerables y diversos temas, Wally hablaba de su estadía en Cebú durante la Segunda Guerra Mundial y, más de una vez, bajo la atenta mirada de Bo, Wally sacaba del bolsillo trasero de su overall una billetera vieja para mostrarme la ajada foto de Aurora Carbonell, su noviecita filipina. Wally y Bo siempre andaban en afanes y faenas por el edificio de departamentos donde vivo; arreglando cerrojos, cepillando puertas que --hinchadas por el calor o deformadas por la humedad-- no se podían cerrar, reparando termostatos y, ¡oh maravilla!, desatrancando inodoros. Y fue Wally que, con la ayuda de una escalera, una ventana trasera y el apoyo moral de Bo, abrió las puertas de mi hogar cuando, una vez, yo regresé de las orillas del Misisipí después de tres días de jolgorio en un barco casino de esos que enarbolan chimeneas altas y llevan ruedas enormes a los costados, donde, entre otras cosas, yo perdí el control, una suma considerable de guita, la vergüenza y las llaves de mi departamento. El miércoles pasado por la mañana, cuando me fui a la universidad, dejé a Wally empeñado en no sé qué afanes en el techo del departamento de mi vecino. Cuando volví, por la tarde, me enteré de que Wally había alzao las pilchas y se había mandao a mudar a la otra vida a cepillar las puertas de San Pedro y a destrancar la perfumada mierda de los ángeles de los inodoros celestiales. Un súbito ataque al corazón había dejado a Bo sin compañero y a muchos de nosotros sin un amigo y un ameno contertulio (bueno, más que contertulios, nosotros, y aquí incluyo a Bo, éramos audiencia).

Bo ha desaparecido desde ayer. Ya no anda por aquí, y ya no anda, como lo vieron el jueves pasado, merodeando por la funeraria donde, en un ataúd cubierto con una bandera yanqui y vigilado por la sobria mirada de algunos enjutos veteranos de la Segunda, el cuerpo de Wally esperaba la misericordia del crematorio. Espero que Bo decida volver a la vecindad donde vivo para que yo pueda conversar con él y él hospedarse conmigo. Me lo imagino por esas calles de Dios pensando en Wally y buscando el paisaje de invierno que se fue con Wally, con esos enormes ojos marrones, con esa nariz húmeda y curiosa, con esa mirada que te hace sentir que no estás solo y que lo que decís es digno decirse y, mejor aún, digno de escucharse. Ese es el estilo de Bo...

Mirá lo que son las cosas; había empezao esta digresión en este fin de semana en que aquí se recuerda a los veteranos de guerra ("Memorial Day" es el lunes), con la intención de escribir alguito sobre Wally, pero acabé pensando y hablando de Beauregard. Será que Bo y yo somos compadres en la soledad. Será que los que nos quedamos atrapados en este inodoro gigante, en esta vida de perros --como Bo y yo-- somos menos afortunados que los que --como Wally-- se mandan a mudar a prados más verdes o a la negra e infinita nada que, al fin de cuentas, sale a ser la misma cosa.

Publicado en Punto ciego, Buenos Aires, mayo de 2001.

(El Chafa lo escribió por última vez el 22 de octubre de 2003 en "La taberna del Buda").

Habitar en dos idiomas (CHAFA)

Hola, la tropa:

Recibí esta cita de "Verba Volant", un grupo que manda cada día una cita célebre o memorable en varios idiomas:

Quotation of the day:

Author - Emile Cioran
French - On n'habite pas un pays, on habite une langue
Spanish - No habitamos en un país, habitamos en una lengua
lo que me tajo a la memoria algo que mandé hace tiempo a otra lista y que hoy lo revisito y, por lo que valga, se los impongo:


Habitar en dos idiomas
Escribo en dos idiomas porque vivo en dos idiomas; pienso, leo, trabajo y hago vida social en dos idiomas; crío a niños en dos idiomas, rezo en dos idiomas y cocino en dos idiomas. Cuando hago un rosbif cocino en inglés y cuando hago empanadas, pastel de choclo o porotos granados cocino en castellano. Amo y respiro en dos idiomas…

(Bárbara Mújica, Profesora de castellano en Georgetown University)



Yo también escribo en dos idiomas. Y pienso, leo y trabajo, e incluso hago vida social en dos idiomas. No tengo hijos, en parte por mi solterío agitanado y en parte por voluntad y en parte por otras circunstancias que no son volitivas y que no vienen al caso, pero, de tenerlos, los criaría en castellano y los bautizaría en castellano; en Diego y en Fernando, en Bernarda y en María, con una americana Amancaya por añadidura, para que –entre otras cosas— no se olviden de dónde vinieron y sepan adónde deberían ir.

Lo que si hago, siempre, es cocinar en castellano. Nunca he hecho un rosbif porque nunca lo he deseado ni me gusta; en mis 234 años en estos mis Estados Unidos y diversos, habré comido rosbif unas seis veces: todas ellas porque no tenía otra alternativa o por cortesía a mis anfitriones. Creo, además, que la gente que cocina en inglés toma leche a la hora de la cena o el almuerzo, los que cocinamos en castellano tomamos vino. Y creo que los que cocinamos en castellano usamos aceite de oliva la mayoría de las veces gracias a Dios y a su Madre Santísima. Y no es que no me guste el rosbif con espárragos, o el jamón con una rodaja de piña al lao, o el pastel de carne en compañía de pálidas arvejas recientemente liberadas de su oscuridad enlatada, no. Es que el cocinar para mí es, además de una necesidad, una especie de ceremonia eucarística; una consagración de mi América española y de mi España, con quienes comulgo a la hora de yantar. No lo hago muy bien, pero lo hago con voluntad, a veces con entusiasmo y siempre con nostalgia y cariño. Cocino en castellano y, si de mí depende como en castellano, con pan y vino. Sé que he amado dos veces y las dos veces lo hice en castellano; con boleros y zambas en castellano, con veinte poemas de amor y una canción desesperada, y con rimas de Bécquer. En Castellano. Y si volviera a amar amaría en castellano, aunque la amada fuera del Kazajstan o de Uganda (será que muchos tenemos la sospechosa ilusión de amar, en cada mujer que amamos, la imagen y el recuerdo de la "María" que, con Efrain, amamos por primera vez en el valle del Cauca y en las paginas de Jorge Isaacs). Y sé que si yo viera a la amada después de hacer el amor, durmiendo envuelta sólo en su piel y en la luz azulina del alba, no pensaría en ella como naked o nude sino como desnuda, en castellano. Es igual con las oraciones o las puteadas; no me imagino –ni nunca me oí— diciendo Our Father Who is in heaven… y, frecuentemente, sin siquiera pensarlo, me sorprendo por la noche, entre el último párrafo del libro y el dedo índice en el interruptor, repitiendo lo que me enseñó mi madre y aprendí casi simultáneamente con la facultad del habla:

Ángel de mi guarda
Dulce compañía
No me desampares
Ni de noche ni de día
No me dejes solo
que me perdería

y, a veces, a esa hora de la duermevela, escucho la delgada y joven voz de mamá en su

Aserrín, aserrán
Los maderos de San Juan
Piden queso les dan hueso
Piden pan y no les dan…

en castellano…

Y en castellano me mando unas puteadas bíblicas y en voz alta. Es visceral e inevitable y tiene la ventaja de que --en la mayoría de los casos— en este país, mi país, no las entienden en su gráfica verdad pero las comprenden en su intención por su onomatopeya y fonética coherencia. No es que me guste andar "deliberando groserías" como dirían –con otro significado— algunos mentecatos que se olvidaron del castellano o quieren hacerse los yanquis, no. No es eso. Lo que pasa es que para mí (dejo a los bilingüistas u otros eruditos las explicación científica de esta peculiaridad mía) las malas palabras, las buenas palabras, el amor, las penas, los números y las operaciones aritméticas –cosas que aprendí en la infancia, cosas que me enseñó mi madre y cosas que aprendí en la lleca, ya de maltoncito-- siempre han sido hechas y dichas en castellano y están –como mi idioma— pegadas al fondo de mi alma y bordadas en la telas de mi corazón.

Por eso me niego a dar respuesta siempre que me preguntan mis estudiantes –y me preguntan siempre— cómo se dice esta o aquella mala palabra o grosería en castellano. Me cohibiría un poco y me ruborizaría decir shit o fuck o whore en castellano enfrente de mis estudiantes y en pública audiencia. No así en inglés, como pueden leerlo. Sí; escribo en inglés. Y bien. Tan bien como puede hacerlo cualquier persona medianamente inteligente que ha vivido en este país por treinta y cinco años y que se dedica a la literatura y a las lenguas. Pero cuando escribo en castellano, pongo el alma en ello, y me siento cómodo y estoy en mi casa porque mi idioma es mi patria y mi casa; es mi puente y mi ventana, y es, además, mi identidad y mi facha, es decir mi fondo y mi forma. A lo mejor ésta es una deficiencia mía; pienso a veces en Jozef Conrad, extraordinario polaco que escribió en un inglés maravilloso unas novelas exuberantes y extraordinarias; pienso en Valdimir Nabokov o Jerzy Kosinsky; ruso el uno y el otro polaco como Conrad, y ambos dueños y maestros de un inglés impecable... Pero quizá Conrad, Nabokov y Kosisnky no querían recordar sus patrias o las recordaban con amargura, quizá querían dejar atrás todo tiempo pasado, no sé... ésta es sólo una conjetura. Para mí es lo contrario; yo quiero recuperar mi América y mi España y preservar mi infancia y mi identidad a través de mi idioma. Es a través de él y con él que yo habito las cosas elementales e importantes de la vida como son casa, comida y procreación. Es por eso que, además de cocinar, comer, rezar, restar, dividir y sumar, yo amo y multiplico en castellano. Y todavía no pierdo la esperanza o la "ansiedad de tenerte en mis brazos / musitando palabras de amor" en castellano. O, como dice el compañero Nicolás Guillén:


No en inglés,
No en señor,
Sino decirle compañero
Como se dice en español…


Bézoz a todoz, hoy, día de Santa Aurelia.

(El Chafa, 25 de septiembre de 2003)

El trompo de don Tiburcio (CHAFA)


De niño yo tuve la buena ventura de ver nacer un trompo del corazón de un naranjo...


Sin que nadie supiera quién lo ordenaba, y sin que a nadie le importara mucho, en las calles de mi barrio, alrededor de la fuente de la plaza y bajo la mirada de bronce de sus angelitos culones, en el atrio de la catedral y en los recreos de la escuela, todos nosotros aparecíamos un buen día de Dios con los mismos juegos y juguetes. Este inconsciente y colectivo convenio se llamaba, entre nosotros, "tiempo de...". Había tiempo de bolitas, tiempo de baleros, tiempo de runrunes, tiempo de billetes, tiempo de trompos... Algunos de estos "tiempos" --no muchos-- estaban pre ordenados, ahora me doy cuenta, por la voluntad del viento (tiempo de barriletes) o los designios del verano, cuando los molles se cargaban de racimos verdes como loros y suplían los proyectiles para el tiempo de cerbatanas. Pero los otros tiempos aparecían por sí solos y, si obedecían a un ciclo arcano o a la voluntad de los duendes, es un misterio que nunca he podido desentrañar.

Una vez, por ejemplo, una tía gorda y olorosa a jabón Palmolive me trajo de uno de sus frecuentes viajes a Tartagal una redecilla amarilla llena de bolitas multicolores y flamantes. Entusiasmado y optimista con mi regalo, yo traté de iniciar un "tiempo de bolitas" entre mis amigos y compañeros de escuela. La cosa no funcó, por supuesto; yo estaba --sin saberlo-- tratando de romper una de las reglas inescrutables que regían los tiempos, y estas reglas ordenaban ceremonias y rituales pertinentes. En el tiempo de barriletes, por ejemplo, la búsqueda y elección de las cañas más rectitas en el cañaveral de la banda del Guadalquivir, la elaboración del engrudo (ni muy espeso, ni muy chirle), la compra de papel de "seda" en la librería "Renacimiento" de don Cecilio Forti y del piolín en las tiendas de la recoba, etcétera, eran un introito necesario para la construcción y final elevación del barrilete en las alas del viento tibio del otoño.



El tiempo de trompos exigía otras demandas y --sobre todo-- la ineludible y habilidosa intervención de don Tiburcio, tornero viejo y desdentado que tenía su taller en la remota calle Ancha, no muy lejos del camal municipal.



El altar torno de don Tiburcio, demandaba ofrenda y sacrificio. La ofrenda: un tronco de buena madera (palosanto, naranjo, nogal) sin nudos, no muy grueso y rectito. El sacrificio: impulsar, por medio de una manija gastada y pulida por el tiempo, una rueda grande que, conectada a otra chiquita por una polea quejumbrosa, hacía girar y cantar al torno a unos tres metros de distancia. El aparato era fabuloso; parecía una enorme araña de madera montada en una bicicleta decimonónica: ruedas, poleas, rueditas, tientos, correas, pinzas, tenazas, ganchos, en fin... Pero don Tiburcio era un artesano magistral y un comerciante avezado. Los chicos que no queríamos o no podíamos comprar un trompo, le traíamos un tronco y, si la oferta pasaba el escrutinio y la bendición del maestro, vos te quedabas con un trompo y él con el resto de la madera que ocultaba en su corazón la promesa de dos o tres trompos más. Don Tiburcio los vendía literalmente calientes, recién nacidos del torno como el proverbial pan recién salido del horno. Y no era cosa de asumir que el negocio se iba a concertar y concretar en seguida, no: la calidad de la madera, la condición del tronco y la impredecible voluntad o el humor del maestro tenían mucho que ver con tu fortuna y con las posibilidades de participar en la creación y disfrutar la posesión de un trompo de don Tiburcio. Una vez (no quiero dar detalles del cómo, porque todavía me avergüenzo del crimen) me agencié un hermoso tronco de naranjo, suavito y sin nudos por ninguna parte y bueno pa' por lo menos tres trompos.

No tomó mucho tiempo pa' que don Tiburcio, con un cigarro anisao colgado de su boca desdentada, aprobara la ofrenda y, bajo la magia de sus manos y el sudor de mi frente, el olor del naranjo y su canción de madera herida se materializaron en un hermoso trompo. Ese tiempo de trompos fue para mí el mejor de todos, y creo que el más corto, casi efímero.


Otra cosa impredecible de "los tiempos" era que desaparecían --como habían llegado-- súbitamente, sin perceptible síntoma, y te abandonaban sin previo aviso; como el amor de juventud, má o meno. Una noche, sin embargo, con amarga dulzura percibí que ese tiempo de trompos no iba a amanecer con el sol del día siguiente. Se había acabado para siempre. Me di cuenta de ello, después de acostarme y apagar la luz, cuando, iluminado por la luna chapaca, vi mi trompo reclinado en mi mesita de noche, cónico y callado y con un clavito clavado en su centro como el corazón blanco de mi infancia. (El Chafa, publicado en noviembre de 1997 en http://www.puebloindio.org/el_Trompo.htm).

martes, 4 de marzo de 2008

La huarmillita (CHAFA)

LA HUARMILLITA - Bailecito
(Letra: Jaime Dávalos; Música: Eduardo Falú)





Dónde andará mi chura, por esa puna, sola, solita,
con la pollera al viento, tras la majada, carihuarmita.

Voy enterando el año, bajé al ingenio pa la cosecha,
ojalá no se canse, tanto aguaitarme hasta que vuelva.

Para que no la olvide
me dio su anillo de filigrana,
le dejé de recuerdo

mi poncho puyo sobre la cama.
Tra la la laira, la la la laira,
le dejé de recuerdo

mi poncho puyo sobre la cama.

Si me parece verla, cuando me duermo, pelando caña,
pegadita a mi sombra con su apariencia que me acompaña.

Ay, achalay mi chura, tan querendona, tan alhajita,
llevo en el pensamiento grabada a fuego su figurita.


Para que no la olvide
me dio su anillo de filigrana,
le dejé de recuerdo
mi poncho puyo sobre la cama.

Tra la la laira, la la la laira,
le dejé de recuerdo
mi poncho puyo sobre la cama.




Chura. Bonita, linda, agradable, simpatica y todos los motices correspondientes. En Tarija se usa muchísimoy la palabra se ha hecho casi emblematica pr allí

Carihuarmita. Dificil de traducir pero una bella combinación propia del quechua cari = hombre huarmi = mujer. Carihuarmi quiere decir algo así como esposa o consorte, mujer del hombre.

Voy enterando el año… Enterar por completar. En la zafra enterar un año es terminar la labor anual que es de temporada. Después de enterar el año se puede volver a la querencia por un tiempito.

Aguaitarme. Aguaitar, esperar;

aguaitar.(Del cat. guaita, vigía, centinela).
1. tr. Cuidar, guardar.
2. tr. Acechar, aguardar cautelosamente.
3. tr. Mirar, ver.
4. tr. Atisbar, espiar.
5. tr. Am. Aguardar, esperar.

MORF. conjug. c. bailar.

Puyo. Phullu (s.) Cobija, cobertor. Pelo, vello, plumón.
También se pronuncia pullu o pullo. Es quechua

Achalay. Expresion de alegria, gozo osorpresa. Es quechua

Alhaja. (Del ár. hisp. alḥáǧa, y este del ár. clás. ḥāǧah, cosa necesaria o valiosa).1. f. joya (‖ adorno).
2. f. Adorno o mueble precioso.
3. f. Cosa de mucho valor y estima.
4. f. coloq. Persona o animal de excelentes cualidades. U. m. en sent. irón.
5. f. ant. caudal (‖ hacienda).
6. adj. Bol. y Ec. Bonito, agradable.

buena ~.
1. f. irón. Persona pícara, viciosa, o astuta, avisada y traviesa.

(Chafa, 21 de febrero de 2008, en "La taberna del Buda")

¿Cómo las llamas? (CHAFA)


Cuidado con chiflarlas porque por ahí las apagás y las matas. Bueno, la llama arde y, en ciertas ocasiones, quema. Pero esto de la quemada no es una condición inherente para su existencia o vigencia; digo, una llama puede existir sin quemar (si uno no se mete a jugar con fuego o a fugar con juego y deja la llama tranquila, uno no se va a quemar y, lo que es más, uno no se va a mear en la cama por la noche porque --como todos lo saben-- los chicos que andan jugando con fuego y fósforos y velas, etcétera, se vuelven empedernidos y casi incurables meones nocturnos, enemigos de sábanas y colchones y frecuentes víctimas del escarnio y presas de la vergüenza pero no sin arder). El arder es otro cantar. El arder es una condición inherente de la llama, es decir, la cosa tiene que arder para ser llama; de otro modo puede ser brasa o rescoldo y todavía puede quemar pero no será llama, ni siquiera guanaco, ni chilango y mucho menos alpaca o vicuña...

Por su condición de calor, brillo y movimiento la llama tiene cierto prestigio metafórico. Por eso decimos flamante cuando una cosa es nuevita, es decir con brillos y destellos que nos recuerdan a una llama o sea llameante, flameante, flamante. Lo mismo cuando vemos la banderita de la patria flameando en el aire, es decir que se mueve como una llama y la condición de flamear le da dinamismo y vigor y calor y hasta contundencia bélica, ¿vio?


Ahora cuando una cosa es propensa a encenderse fácil y rápidamente decimos inflamable o sea que se va cubrir de llamas como paisaje altiplánico ipsofactamente sin mayor preámbulo o trámite (aquí, en los Estados Unidos, debido a las veleidades del inglés y a "la falta de inorancia" del respetable, el aviso de inflamable se tuvo que cambiar a flammable por eso del prefijo in, que sugería negación y dio lugar a interpretaciones como inencendible o inllameable, que era, porsupus, todo lo contrario a y de la intención cautelosa de la palabra de marras. Pero ese es otro cantar).

Eso de inflamar se refiere, en cristiano, más a cosas de la anatomía que a las cosas del corazón. Cuando uno dice que algo esta inflamado generalmente se refiere a un diente, un ojo u otra parte que se encuentra hinchadita y adolorida, y suele ser el efecto de una irritación o quizás una infección y a veces las cosas así inflamadas arden metafóricamente por estar, metafóricamente, enllamadas. El mataburros de la RAE concede a inflamar el otro significado de acalorar a la gente, apasionarla o enardecerla, pero como segunda y menos frecuente acepción. (Enardecer es una palabra apropiada y que a mí me gusta más que inflamar cuando se trata de cólera, erotismo, agresión, etcétera, digo, eso de apasionar a la gente o a los animales, ¿no?). Por ejemplo, un toro o una vaca enardecidos (mejor que apasionados o inflamados) andan mugiendo o bramando de necesidad o de esperanza cuando están en celo, porque los toros y las vacas mugen y braman; las ovejas, los becerros, los venados y otros mamíferos rumiantes balan, enardecidos o no. Los lobos aúllan y ululan mientras los leones y los tigres rugen, pero los gatos --como no son tigres ni leones-- sólo maúllan y ronronean; los leones y los tigres también ronronean pero no creo que maúllen. Los perros de pueblos y ciudades, atorrantes o decentes, que son primos de los lobos y los coyotes, aúllan pero también ladran como no lo hacen --según he oído decir-- los perros salvajes ni los coyotes ni los lobos. Las zorras tautean; sé que no ladran porque el ladrido o latido es solo un derecho y una obligación, como ya lo dije, de los perros domésticos. Los burros rebuznan o roznan mientras los caballos relinchan. A lo mejor las cebras relinchan o rebuznan, no lo sé, pero sí sé que los elefantes barritan, los jabalíes rebudian y el gamo gamitea.

Vaya uno a saber qué es lo que harán las llamas cuando se ven compelidas a expresar sus sentimientos en forma audible; presumo que balan como los venados o las ovejas o los carneros. A decir verdad, mínimo --casi irrelevante-- contacto he tenido yo con esos auquénidos. Ignoro cómo se llama la voz de los camellos, aunque estoy seguro de que su bramido o balido tiene un nombre y lo tuvo en sánscrito, arameo, hebreo, egipcio y otras lenguas milenarias extintas y semi vigentes o resucitadas. Lo que hace (o dice) la llama si hace algo, además de escupir, debe tener un nombre en quechua o aymara. O si no lo tiene, le podemos achuntar, por parentesco y afinidad, lo que se dice del camello. A lo mejor la llama bala como las ovejas porque, como las ovejas, se congrega en rebaños (o son recuas o tropillas o manadas). Esta pregunta me deja perplejo y sobre todo ano-nadado, que es lo que les pasa a los que juegan con llamas como ya lo dije ut supra, es decir, que andan mojando la cama con aguas menores. (El Chafa lo escribió por última vez el 26 de mayo de 2007, en "La taberna del Buda").