___________________________________________________________ Canal CONCIERTOS Irene Fernández

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viernes, 30 de enero de 2009

Yo tengo rimeros de libros (CHAFA-IRENE)


Y de hace tiempo; unos ocho años quizás...

Yo tengo montones de libros... en serio, montones o, mejor dicho, pilas, rimeros de libros. No digo que tenga una gran cantidad de ellos; quiero decir que a mis libros favoritos, en vez de ponerlos en anaqueles, los tengo apilados sobre el piso. Ahí están, en el piso a ambos lados de mi catre en mi dormitorio, o en mi salita de estar junto a un viejo pullo chapaco de la época de los montoneros que hace las veces de alfombra.

Uno sobre otro: Dickens encima de García Márquez; Cortázar debajo de una Cartografía medieval; Proust sufriendo el peso de Poesía lírica española y, a su vez, agobiando a Galeano; García Lorca en la base de la pila que forman un Bestiario, Gibbon, Woodehouse y Góngora, y que culmina con Jorge Amado, Faulkner y Machado de Asís. Hay otros, claro está, que, circunspectos y ordenados, ocupan dos anaqueles modestos cerca del televisor, pero mis cumpas, mis amigos de trasnochada, son esos que están amontonados cerca del pullo de marras, o al lao de mi mesa de luz, apilaos a ambos lados de mi cama, flanqueando e inspirando
mis sueños y pesadillas o distrayendo y aliviando mis desvelos.

Aquí, en mi querido país adoptivo, hay una suerte de frivolidad acerca de los libros; será otra consecuencia de la abundancia, pienso yo, pero la cosa es que aquí la mayoría de la gente trata a los libros como la mona. Por ahí andan los pobres libros, descuajeringados y llenitos de páginas subrayadas (¡con tinta!) o dobladas sus esquinas a guisa de señal; páginas con comentarios escritos en los márgenes y oraciones o párrafos enteros desfigurados por un área de ofensivos y ácidos colores vomitados por los condenados "highligh markers", instrumentos del demonio (perdón, pero no sé como se dirá highlighter en castellano; como muchos mentecatos que no viven aquí tienen el prurito de imitar todo de lo que se hace por estos lados, me imagino que ya usan esos malhadados "markers" para mancillar los libros en mi Lejano América y a lo mejor los llaman marcadores o algo similar e igualmente abominable). Para mí, maltratar o escribir en un libro --a menos que sea una discreta dedicatoria en la anteportada, o el apresar la memoria enamorada de una rosa entre sus páginas-- es desacralización, sacrilegio y profanidad: ¿escribir, subrayar y colorear en las páginas de un libro? ¡Válgame Dios!... ¿Doblar sus esquinas como marca?... ¿Dónde se ha visto semejante salvajismo y barbaridad? Los libros, damas y caballeros, son amigos fieles y sinceros y, como tales, merecen respeto, cariño y cuidado; y algunos de ellos que se hacen especiales compadres de cama y rancho y favoritos y sempiternos compañeros, se quedan con uno, y con uno se vuelven viejos (entre otros, yo tengo dos tomos del Quijote, Confieso que he vivido de Neruda, y un ejemplar de un Pequeño Larousse Ilustrado de tapas anaranjadas que han alcanzado ese venerable estado). Por eso, y por otras válidas razones que tienen que ver con la nostalgia y la cultura, hay que hacer todo lo posible para que estos cumpas envejezcan con dignidad y respeto, y no porque estén viejos y arrugados --y aunque fueran nuevos y flamantes-- es cosa de andar garabateando o doblando y mutilando las esquinas de sus páginas o coloreando párrafos enteros de su texto con sicodélica impertinencia y desenfado, así ellos estuvieren sobados y manoseados como una amante reiterada, o anduvieren con el lomo agobiado por el uso y las entrañas amarillentas y frágiles por la edad como su dueño y vuestro seguro servidor, en este caso.

Dicen las gentes que es muy mala educación, cuando uno es invitado y bienvenido en casa ajena, ir a atisbar en el botiquín del cuarto de baño so pretexto de responder al ineludible llamado de la madre naturaleza y con el objeto de descubrir secretillos y la esperanza de develar secretones acerca de los invitantes; yo estoy de acuerdo con eso: si uno quiere discernir la calidad moral y la entereza humana de sus anfitriones, no vaya a meter las narices al inodoro ni al botiquín del
baño pa ver los anticonceptivos, los laxantes, las ungüentos para el acné, los fijadores de dentaduras, o los frasquitos de viagra, de que se sirven sus anfitriones en su diario afán de vivir, no; además de ser un abuso de confianza y una fisgoneada censurable, es inútil porque eso
quizás nos diga algo de los hábitos digestivos y las pequeñas maculas corporales y las deficiencias eréctiles de los dueños de casa, pero no nos dice mucho acerca de sus almas. Lo más discreto, y lo socialmente aceptable, es ir a husmear por el lao de su biblioteca e investigar qué clase de libros habitan en esa casa; "por sus libros los conoceréis", digo yo, y en cuanto me abren las puertas de una casa ajena, me las arreglo pa' echar un vistazo a la biblioteca (lo mismo hago, fíjese, siempre que llego a una ciudad nueva; puedo describir con detalle las bibliotecas publicas y universitarias de varios pueblos donde viví en los últimos quince años). Un dueño de casa que dé albergue al Lazarillo de Tormes, o que comparta su lecho con Madame Bovary o Dona Flor y sus dos maridos, o su cena con Oliver Twist o David Cooperfield, o una buena
pipa de tabaco de Virginia con Huckleberry Finn, o una cerveza helada y un sándwich de jamón con queso con Philip Marlowe, no puede ser del todo malo. Por lo general, la gente que tiene cariño a la lectura, la gente que lee porque le gusta y no porque tiene que leer, también tiene
respeto por la integridad física, la presencia material --por más modesta que sea-- de un libro. Sé de dos o tres excepciones a esta observación que todavía me dejan perplejo y no entiendo cómo se puede reconciliar, cuando se trata de libros, esta dicotomía entre el aprecio por el contenido y el desprecio por el continente.

Ahora, prefiero no creer y no quiero sugerir que *toda* la gente que físicamente trata mal a los libros también maltrata a sus hijitos, destierra a gatas puerperinas después de ahogar a su camada, y no paga sus impuestos al fisco, no. Conozco alguna gente idónea y con sólidos
valores ciudadanos, padres abnegados y generosos, profesionales responsables que, a pesar de esa virtudes, tratan muy mal a sus libros; intrigante e inexplicable paradoja, pero quiero creer que esto ocurre, especialmente --y quizás exclusivamente-- aquí, donde el prosaico afán de vender tantos libros y highlighting markers como sea posible, ha hecho que la conciencia publica y común perciba los libros como objetos materiales consumibles y desechables, como muchas cosas son percibidas y presentadas en este país de almaceneros (cierta evidencia sugiere que
este desprecio por la integridad física de un libro, esta desfachatez grafica, empezó a tomar raíces en este país durante la abundancia económica y la engañosa inocencia de los años cincuenta, después de la segunda guerra mundial y durante la de Corea. El espíritu y la intención
con que los "paperbacks" fueron creados, también contribuyo a esta deplorable y bárbara costumbre).

Los que tenemos afecto y afición por los libros sabemos que ellos son como amigos de confianza, como novias, como paisajes privados y exclusivos, por eso uno debe cuidarlos con esmero y esmeradamente cuidarse y mirar bien a quien se los recomienda y con quien se los
comparte. Recomendar un libro, es decir realmente recomendar un libro de corazón, es más o menos como desnudarse por primera vez frente a una amante en ciernes, con todos los riesgos y las ventajas, con todos los fracasos y logros, con todas las alegrías y decepciones que esta
operación puede acarrear tanto para el "denude" como para la expectante pareja, este esta última vestida, desnuda o semidesnuda y en plena luz o todo a media luz, a media luz los dos. No me refiero al riesgo de que algún despiadado filisteo lo subraye, pinte o doble (y no es que no
haya bárbaros salvajes que subrayan, colorean y escriben sus entúpidos comentarios y observaciones personales en libros que ni siquiera les pertenecen. He visto sus huellas de pollinos en ejemplares que pertenecen a la biblioteca pública o universitaria, ¡qué lo parió!)
no, sino a la revelación que un libro recomendado hace acerca del recomendador; dime lo que lees y te diré quien eres, si me permiten la parafrase.

Sé que esta reverencia --algunos dirán obsesión-- que tengo por los libros me viene desde mis años changos; en mi casa los libros, como los gatos, eran ubicuos y tratados con cariño; se los encontraba en la mesa del comedor grande, sobre los topes de mármol de las mesitas de luz, en los sillones viejos del salón, en el reclinatorio de la abuela, y a pesar de eso, siempre andaban íntegros y bien cuidados, pulcros los más, y algunos viejos, prolijamente remendados y curados con una combinación de engrudo chirle de almidón de arroz, papel de seda y gasa que mi tío y mi madre cuidadosamente concertaban para ese propósito. Será, reitero, que la guita y la procaz abundancia de bienes materiales hace que aquí los libros sean tratados como lo son. Similar
destino de desprecio y olvido aguarda a los modelos viejos de computadoras, por acá: "gracias por el servicio prestado y la información proporcionada; hasta luego y ¡chau pescau!" (claro, sería absurdo, sino imposible, esperar que uno tenga una biblioteca de computadoras viejas: una especie de computeca, pero la comparación, si me la permiten, es hasta cierto punto válida y viene al caso). Pero a mí eso me tiene sin cuidado, pues estas máquinas inverosímiles, a pesar de que me causan un justificado asombro y una admiración de aborigen, no evocan, para mí,
los mejores días de mi soledad, ni las horas más doradas de mi infancia.

Bézoz a tódoz.

Publicado en La Razón (La Paz, Bolivia), el domingo 14 de marzo de 1999.
(Chafallo, 23 de abril de 2008)



Casi me avergüenzo, pero no. No, porque ya estoy acostumbrada a esta costumbre tuya de tocar los libros como a una primera novia. Y tampoco porque de nuevo tengo una ambivalencia y, por esto, me puedo poner en contra.

Ambivalencia porque, con el esmero y la virtud del texto, si en él dijeras que no hay cosa más bendita que beber vinagre con alquitrán y pelos de gato, aquí tendría un vaso ahora en vez del agua que bebo. Quiero decir que te doy la razón y que tus palabras convencen, no sólo por lo que dices sino porque la fe con que lo dices se contagia. Sin embargo, por otro lado, esa razón que te doy, te la quito en mi práctica de tiempos pasados.

Cuando los vehículos que yo manejaba eran libros, de lectura o de estudio, usaba esa práctica de subrayar y comentar con tinta. No doblaba esquinas ni utilizaba los fosforitos, como familiarmente se llaman por aquí estos rotuladores (también rotuladores, como dice Yolanda, pero fosforitos para distinguirlos de los normales). Tal vez en algún libro de estudio de mis últimos años. Por eso y porque me gustaba tener los libros originales siempre los compraba, y alguna cerveza que otra se me ha ido en comprar ediciones caras de libros de mi carrera, pero preciosos, con todos esos tipos y caligrafías desde el inicio de la escritura, los trazos cuneiformes, los jeroglíficos, los diseños de los primeros impresores... Aquí los tengo, puedo verlos, y ahora me alegro de haberlos comprado. Mis compañeros, si los conservan, los tendrán en bolsas, en el trastero de la casa de sus padres, porque los fotocopiaban enteros y los tenían así, horribles, con una encuadernación de gusano, grises y fríos, en bolsas de la Copistería Leo o cualquier otra.

Pero vayamos a los de lectura. Esos también los compré y no me gustaba prestarlos ni que me los prestaran. Escribí en ellos con tinta. Apenas tengo novelas, pero tengo muchos libros de poesía. Esos venían a mí y hubo una época que me encandilaron. Antes de complicarme la vida y de dejar de hacerlo todo exclusivamente para mí, y cuando tuve que ponerme en tren de hacer cosas para otros pues eran mi responsabilidad directa, el tiempo lo pasaba entre las clases, los bares y los libros. A veces se mezclaba todo. Neruda estaba sobre mi pupitre con su Canto general cuando estudiaba Derecho. Tardé unos 6 meses en leer ese libro. Me resultaba duro y difícil de asimilar, pero me fascinaba cada verso. O Cernuda se venía conmigo en "Las ruinas" a La tertulia. La cesta de mi moto era perfecta, pues tenía el tamaño de las páginas de los libros de poesía, que generalmente tenían el mismo tamaño. Yo anotaba cada idea, subrayaba cada fascinación, anotaba sensaciones, y relaciones entre unos y otros, que también las había. Si yo viera todas tus ediciones de Cien años de soledad (seguro que tienes más de una), no lo reconocería; cualquiera de tus ejemplares no es el libro que me marcó y que yo marqué. En ninguno está señalada al margen la enorme frase que empieza en la página 395 y acaba en la 398. Ni pondría el día concreto que leí cada tramo, primera y segunda lectura (cada tanto, dice "11·11·88 -flechita-". Si yo mirara ahora otro ejemplar que no fuera el mío, no volvería a encontrarme jamás con esto: "Los puñados de tierra hacían menos remoto y más cierto al único hombre que merecía aquella degradación, como si el suelo que él pisaba con sus finas botas de charol en otro lugar del mundo, le transmitiera a ello el peso y la temperatura de su sangre en un sabor mineral que dejaba un rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón".

Ni podría leer lo que relacioné al final del libro y en su momento:

"[...] Después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad
ya sé que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo
sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en esa sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo
los datos objetivos son como sigue
hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos [...]"

(MARIO BENEDETTI: Poemas de otros)


"[...] Raras veces resisten dos soledades juntas las palabras [...]".

(LUIS GARCÍA MONTERO: Diario cómplice).


"[...] Y aquí, donde tantas veces vine de la vida, con una ilusión de soledad musical, fresca y olorosa, estoy mal, y tengo frío, y quiero irme, como entonces del casino, de la botica o del teatro, Platero".

(JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: Platero y yo)


Sin duda no tendría, sin esas marcas, la posibilidad de volver alguna vez a Cien años de soledad. Cierto que se pierde lo que no está subrayado y que seguro ahora marcaría pero es mi único modo de volver a estos amigos, que también los tengo, aunque pocos y muchísimos menos que tú y que cualquiera de esta taberna. Pero todos los que he leído, absolutamente todos, están marcados. No sé leer sin subrayar, sin hacer glosas al margen, sin poner el significado de palabras que no conocía. Muchas veces volver sobre mis libros y leer lo escrito o resaltado hace 5, 10, 20 años, me enseña más y me trae más recuerdos que si cojo el mismo título pero diferente ejemplar. Y me trae recuerdos no sólo del libro sino de mí misma y de quien yo era hace 20 años en este caso.

Lo siento, Chafa.

Besos de ésta, una maltratadora maleducada incorregible (aunque ya no leo y, viéndole el lado bueno, eso quiere decir que de alguna manera me he corregido).

(Irene, 23 de abril de 2008)
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domingo, 21 de diciembre de 2008

...en la capilla de la Quebrada (CHAFA)


¡AY! PARA NAVIDAD
(Villancico provinciano del noroeste argentino y de Bolivia)

Nochebuena, Nochebuena
ay, pa' la Navidad
ay, mi paloma quebradeñita...
te vendré a buscar.
Te vendré a buscar
casi al aclarar,
charangos y guitarras,
paloma, para festejar.

Ay, mi paloma quebradeñita,
te vendré a buscar.

Una estrella se ha perdido
ay, pa' la Navidad
y en la capilla de la quebrada
seguro estará.
Seguro estará
para contemplar
esta nuestra alegría
paloma,
de la Navidad.

Y en la capilla de la quebrada
seguro estará.

Capilla de Tumbayá, Jujuy:



















































TARIJA:




































Capilla colonial cerca de Iscayachi:






















Tarija; la gente festeja con trenzadas, regalos y grandes fiestas especialmente en las zonas rurales de Tarija, donde aún se mantienen algunas tradiciones arraigadas:




























Tarija, Chaguaya, Quebrada Grande:














A las doce de la noche
un gallo nos despertó
con su canto tan alegre
diciendo Cristo nació.

Ah...ah..ah... ¡viva María!
Eh...eh...eh... ¡viva San José!
Oh..oh..oh... ¡viva El que nació!

¡Albricias, albricias,
albricias nos den,
por un niño hermoso
nacido en Belén!

Niño Manuelito
qué bonito sois;
dentro tu cunita
¡grano de oro sois!

Arrurrú mi Niño,
y arrurrú mi Dios,
que todo mi anhelo
es pensar en Vos.

Ya viene la vaca
por el callejón
trayendo la leche
para el niño Dios.

Del tronco nació la rama,
de la rama nació la flor,
de la flor nació María,
de María el Redentor.
Alegría, alegría,
¡viva Jesús y María!

Señora Santa Ana,
qué dicen de vos:
¡Madre soberana
y agüela de Dios!

Los tres reyes del oriente
ya vinieron a adorar
al Señor de cielo y tierra
Sacramento del altar.

Ay huachi, huachi torito
torito del portalcito,
no me cornies con tus astas,
corniame con tus amores.


Estos --y otros que se me cayeron por las rendijas de la memoria-- eran los villancicos que sabíamos cantar y bailar en el luminoso mes de diciembre. Entonces, las tardes se ponían limpiecitas, con la carita recién lavada después de la lluvia, y el eco del bombo que subía a las últimas nubes doradas que se iban tras del sol por la cuesta de Sama, nos llamaba con su tun... tun... tun... tun, tun, tun, tun a los "Nacimientos" de barrio y casa (...)

...bajo un viejo molle, y plantado en el patio de tierra fragante, recién regada y apisonada, se levantaba el palo de trenzar con cintas de lana de colores. ¡Ay!... cómo tejíamos entonces, grandes y chicos, hermosas filigranas de color y aire bajo el sol y el cielo del verano: canastillas intrincadas; la virgencita piramidal; el arlequín de rombos, y el final --y más fácil y democrático-- "remolino", cuando todos los changuitos, desde los más chiquitos hasta los maltoncitos, tomábamos parte. Con una mano en una cinta y la otra en la cadera bailábamos y girábamos y girábamos y bailábamos al ritmo de una música ancestral y chiriguana, y dábamos vueltas y vueltas bajo el sol y las libélulas tornasoladas de diciembre mientras el palo se cubría de vida y de sonrisas hasta que quedaba vestido y engalanado con un vertiginoso poncho multicolor!...

La memoria se me aroma con el perfume de mis nardos y el corazón se me endulza con el sabor de mis mistelas. Y bajo la nieve y los pinos empiezo, una vez más, a entonar este villancico de mi Valle de uvas y de sol:

Pisa, pisa, pastorcillo,
pisa, pisa con valor;
¡tomaremos vino dulce
de la viña del Señor!


Bezos a tódoz

(El Chafa, 20 de diciembre de 2008, en La taberna del Buda)

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martes, 25 de noviembre de 2008

Una gallina bataraza (CHAFA)

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Con tanta gallina picoteando por la Taberna, a mí se me vino a la memoria un domingo de gallinas o, más bien, de gallo, allá en Arkansas, cuando yo daba clases en un pequeño college privado en un pueblito perdido entre las montañas y los pinos. Creo que fue el 1997 esto. Abusando de su paciencia se los endilgo más que todo por traer de vuelta a mi gallo y mi bataraza. Y buen finde y un plácido Yom Kippur, a quien corresponda.


El departamento donde vivo está en un barrio prolijamente acicalado y realmente bonito; muchas de las casas datan de la segunda mitad del siglo XIX y algunas de antes de la Guerra Civil, "ante bellum" que le dicen. En mis caminatas matinales me entretengo, más bien me deleito viendo cómo los primeros rayos del sol iluminan las cornisas y las celosías reticuladas, encienden los biselados cristales multicolores de las amplias ventanas de las salas de estar y se derraman como agua entre las molduras de los frisos, los ataires y los alféizares de las ventanitas de gablete de la planta alta. Las proverbiales verjas blancas rodean jardines sombreados por árboles venerables y con el césped perfectamente cortado e inmarcesiblemente verde. Aquí todo es pulcro y bien cuidado; los visillos detrás de los cristales desde donde una viejita me atisba, sospechosa, pasar por su vereda; las bancas de madera que se mecen levemente colgadas por cadenas al cielo raso de los porches; las baldosas que, como saltanas* sobre el césped, conducen desde la puertita de la verja hasta las escaleras de la puerta principal; la vía pavimentada que une el garaje con la calle, y hasta la infaltable bandera norteamericana (y otras que empecé a ver hace unos años atrás y que muestran zanahorias o tulipanes gigantes, gatos, ositos y otras imágenes consideradas monas y simpáticas) proclaman una armonía y un bienestar de clase media a la "Norman Rockwell" e inherentemente estadounidense. Las calles de esta vecindad son umbrosas, amplias y, a esa hora crepuscular de la mañana, solitarias y plácidas en su cuadriculado silencio de adoquines. Sólo ardillas, pajaritos y palomas sacuden las alas, las colas y las hojas para deshacerse de los restos de la noche y de lo que queda de la luna veraniega; dos o tres veces vi a un gato trasnochador y atorrante acechando, desde un banquillo de piedra, los afanes y acicales tempraneros de un cardenal alborotado. Los domingos por la mañana como hoy, el rollo del periódico es el único detalle desprevenido en los porches, hasta que alguien en bata de baño o en piyamas y jarro de café en mano, sale, lo recoge, lo mete a su casa y restablece la armonía entre la arquitectura y la natura. Por donde se mire hay casas, árboles, verjitas, jardines; no se ven letreros impertinentes, ni tiendas en islas de cemento, ni máquinas de vender soda, ni automóviles estacionados a lo largo de las calles y al borde de las veredas. Ah… una iglesia episcopal, espigada, alta y elegante, de ladrillo naranja y ventanales blancos se yergue y oculta, entre la arboleda y el vicariato, una playita de estacionamiento para sus feligreses.

Si uno camina unas siete cuadras al norte bajo los árboles frondosos y hospitalarios, y después tuerce a la derecha hacia el viejo "downtown", se encuentra con una veredita de baldosas desiguales atosigadas por la grama, y una estación de nafta abandonada de ventanas tuertas y paredes descascaradas que conoció otras mañanas domingueras de café, periódico y tertulia; todavía le quedan dos bombas de nafta de esas que parecen faroles, y un letrero ovalado, rojo, verde y blanco, donde apenas se disciernen las cuatro letras de "ESSO". Un poquito más allá, después de unas paredes gastadas e indiferentes y desafiando el asedio de la grama, el signo aritmético de "igual" de un par de rieles abandonados y truncos, paradójicamente, lo lleva a uno a la desigualdad y a la miseria del barrio negro. Ésta no es una miseria de gueto urbano; este es un pueblito pequeño y mayormente rural, y el barrio negro refleja estas características. Las casitas son de madera, desvencijadas, con visillos de cotense, de arpillera u otra tela burda; los porchecitos desnivelados parecen que se desnivelan aún más con el peso de sillones cojos y destripados, y en sus patios o huertillos –que no se los puede llamar jardines en el sentido estricto— crecen, en democrática comunidad, geranios, girasoles, unas chacritas enclenques, tomates, calabacines, y pepinos lozanos y saludables. Una llanta que hace las veces de macetero o de columpio, rebalsa de florecitas proletarias –nada de rosales ni de jazmines por acá— o cuelga de la rama de un árbol y, en vez de banderas patrióticas o bacanas, aquí se enarbolan ropas requetelavadas y viejas que agobian una cuerda que hace panza, y proclaman la pobreza de los que las visten y las ensucian. Latas achatadas, botellas vacías, esqueletos de catres herrumbrados y otros cachivaches, completan el decorado y refuerzan el cliché. Es fácil, para los que no viven allí y no sufren la pobreza ni la discriminación, atribuirles a estas condiciones una especie de paz rural, un estado de inocencia bucólica o pastoral donde todos, como Huckleberry Finn, con su pipa de marlo y su caña de pescar, viven contentos y descalzos en armónico concierto con la naturaleza. Parece que la pobreza rural es menos cruel que la pobreza urbana. La ciudad es despiadada o indiferente y, al fin y al cabo, nadie –o pocos— que viva en los guetos de Nueva York, Filadelfia o Chicago, piensa mucho o tiene tiempo u oportunidad para tomates, girasoles y columpios de llanta.

Bien; hace unos tres domingos que, durante una de mis caminatas, descubrí el barrio negro que aquí es pequeño (unas cuatro o cinco manzanas), inconspicuo y “lejos del mundanal rüido”. Yo pensé que me había encontrao con él de casualidad mientras caminaba bajo los robles y los olmos medio distraído y envidiando a las ardillas y a las palomas, pero después me di cuenta de que la casualidad no es sino otro de los nombres y las ropas con que se disfraza el destino; algo me llevó para allá, algo me condujo a dar la vuelta a la esquina, a continuar por la estación de nafta y, finalmente, a pasar por el “igual” de los rieles truncados al otro lado de la inecuación. Una vez allí, caminé paseando por las casitas que les digo, unas más viejas que las otras, otras más atiborradas de cachivaches que de plantas. Ahí se ven coches viejos y nuevos, como abandonados al lado de las casas, o estacionados sin cuidado en las calles sin veredas... Una de esas calles se eleva en una lomita suave y, luego, desciende a una especie de cañadita y a unas casas con árboles grandes y huertitos pequeños y, después de correr unas tres o cuatro cuadras, desemboca humildemente en el centro del pueblo o “downtown”. Bajando la cuestita como media cuadra más o menos se ven con más detalle los tomates, los chacrales y los muladarcitos. Estaba yo al pie de la cuesta, depués de trastornar la loma observando esas cosas con curiosidad y con cierto reconocimiento o inconsciente sentimiento de ‘deja vu’, cuando de pronto y si esperármelo, del lao de mi nuca y oculto en los matorrales de una casa, ¡escuché cantar un gallo! ¡Un gallo man! ¡Vive Dios… Yo sé que para muchos de ustedes ese canto ha de ser rutinario, cotidiano, ordinario… Pero para mí que, hace años, lustros, décadas que no escucho un gallo “en vivo y en directo”, este canto fue una revelación y un anuncio comparable a la angélica trompeta del Juicio Final!... Es curioso cómo cierto sonido o sabor u olor o imagen nos arranca sensaciones que, por falta de uso u ocasión, estuvieron dormidas por años en el fondo del corazón. A mí el canto de este gallo madrugador e invisible me arrancó una mezcla de alegría y vergüenza, de curiosidad y pena, de familiaridad y temor… qué sé yo, algo así como lo que sentíamos al ver a la noviecita primera, al otro día, después del primer beso. Algo así. Inmediatamente empecé a rumbiar al gallo esperando que me orientara con su canto; me volví en mis pasos hasta que llegué a la esquina, la agarré por una calle que me parecía la del gallo y, después de media cuadra más o menos, pasé un cerco de madera chueca y apolillada y ¡oh… maravilla!... No, no estaba el gallo, no, pero en un campito despejado, bajo un árbol grande y cerca de unas canastas y lo que parecía un galponcito en miniatura, había cuatro hermosas gallinas verdaderas y honestas, picoteando y escarbando la tierra como sabían hacer las gallinas de mis pagos y como hacen –ahora lo sé— todas las gallinas del universo si se les da la oportunidad y la libertad correspondientes. Dos giras, una canela y una bataraza, caminando lentamente entre escarbes y sacudiendo la cabeza o torciendo el pescuezo para ver mejor las vainitas que buscan y comen las gallinas. Enseguida, de no sé dónde (yo estaba absorto con las gallinas) apareció el gallo, giro también, alto, elegante, bien plantao, con su metálico plumaje de oricobre chispeando en su pecho de obsidiana; un gallo taita y guapón. Me vio, aleteó un poco, estiró el cogote y me regaló un hermoso canto, clarito como cristal, transparente y así de reluciente y fino. Parece que el aleteo y el canto despertaron a un perro que había estao durmiendo bajo el árbol y que yo no había visto antes; era un choco pardo, lanudo y chicón, amarrao al árbol con una soga larga y flecosa. El perro se incorporó, se estiró un poco, me miró medio soñoliento por unos dos o tres segundos, y decidió ladrar sin ganas y sólo por cumplir con su obligación con el Estatuto y Protocolo Internacional del Perro... Lo lindo de todo esto es que, por esos mágicos instantes, ese domingo de mañanita un lotecito en un pequeño pueblo de los Estados Unidos de América, se convirtió en un pedazo de mi infancia y de mi pago. El árbol −que sería un roble, no sé− se me llenó de las flores moradas del jacarandá, las florecitas del enmarañado traspatio se volvieron campánulas, tacones, pananas y verbenas, y el perro, el gallo y las gallinas se volvieron esenciales, elementales, eternos, universales, exactamente como los que conocí y como los que ese mismísimo domingo, no tengo la menor duda, andaban escarbando la tierra del pago donde nací y cobijándose bajo los mismos árboles que cobijaron mi infancia… Me quedé ahí un rato, respirando quedito y parpadeando menudo porque se me estaban humedeciendo los ojos y traía la piel como la de las gallinas que me tenían encandilado a pesar de la luminosidad de la mañana…

Se me hizo cuesta arriba volver a la trabajada pulcritud de mi barrio, a mi departamento y a la seudo realidad de la televisión y los periódicos dominicales. Y, a pesar de que lo hago todas las mañanas desde hace años, esa mañanita de domingo en Arkansas no tuve el coraje ni las ganas de cebarme un mate. ¡Que lo parió!

* saltana. (De saltar). 1. f. NO Arg. Piedra, madera, etc., que se pone a trechos en la corriente de un río para pasar

(El Chafa, 25 de septiembre de 2004)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Caninofilo (CHAFA)

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Inmediatemente detrás y en los talones de ese ornamentado sacerdote o lo que fuera, se ve un perro kala mexicano, o sea un «xoloitzcuintli».

A propósito, reitero un viejo mensaje mío y caninofilo:

La Berta, de y en mi familia, aunque real, era un personaje casi mitológico. De su bondad, de su apostura, de su nobleza e inteligencia, yo sabía sólo de oídas, por tradición, como se sabe de muchos héroes y heroínas y, como muchos héroes y heroínas, las anécdotas de sus hazañas se transmitían de generación a generación. Bertita –me aseguraban los abuelos y los tíos mayores— en una ocasión había salvado a Jeromo, un hijo del mayordomo Andrés y amigo y compinche de mis tíos, que hacía las veces de propio* de la familia, de las corrientes del Pilcomayo y de una muerte segura. Había un daguerrotipo de Jeromo, hirsuto, con las chascas pa' arriba como carpincho y quemado por el sol y casi encandilado por la cámara, que dicen que había sido hecho para celebrar ese incidente. Pero de Berta sólo quedaban palabras e historias y recuerdos. Una de las más meritorias, según el consenso familiar, era que la Berta había sido la madre de Tom. Tom era legendario también, pero a Tom yo lo había visto en una o dos fotos palidecidas y amarillas por la nostalgia del tiempo; en una de ellas él estaba sentado, con la cabeza y la mirada vuelta al lente de la cámara, mirándonos mirarlo y dando la mano a mi tío, el coronel, en uniforme de cadete entonces, antes de partir para el Chaco. Tom había sido el amigo infaltable en las correrías de los veranos de la hacienda, el compañero presente en las idas y las venidas de la escuela, a veces hasta llevando, decían, los libros y los útiles escolares de dos o más de mis tíos, y Tom era también el compadre imprescindible en las cacerías de urpilas y torcazas y conejos en el invierno seco y polvoriento de mis pagos. De ahí que, cuando don Arturo Leví, dueño de la Zenta, me regaló uno de sus cachorros, ya había en mi casa y mi familia una larga tradición de apego y admiración por la dinastía y la raza del "pastor alemán". Le puse el nombre de "Ursus", que era el de un gladiador cristiano de la película ¿Quo vadis? o El manto sagrado, no me acuerdo cuál. Años después "Robin" (estúpido darle un nombre de pájaro tan indefenso y pequeño a un perro pastor alemán, pero Robin era el del compañero de Bat Man, qué querés que te diga) vino a remplazar a "Ursus". Estos eran los pocos perros de raza en mis pagos. En esos tiempos la abundancia de perros callejeros y de los otros estaba formada en su gran mayoría por perros "chocos". Había otra raza, proletaria o por lo menos miembros del lumpen, que no sé por qué razón o convención, estos perros sólo eran cuidados y cobijados en las casa de la gente humilde: los perros "kalas" que aquí se llaman "hairless'" y son perrillos horribles, los pobres, que parecen una cruza entre un cetáceo y una rata, de piel gris, sin pelos, con la excepción de los que tienen en la punta de cola y las cejas que son tupidas. Y una última sub raza en la población canina de mis pagos era una raza media indefinida pero definitivamente no de chocos, que era la de un perro más bien pequeño y lanudo parecido al Batuque de las tiras de "Billiken". Ésa era la raza de uno de los perros de la profesora de música de mi hermana, que era más aficionada a los gatos. No había más allá y entonces. Sin embargo, como aquí y ahora, me imagino que ahora y allá hay una proliferación de perros de razas y casta, pero mi afecto y recuerdo siempre se va primero a "Robin" y a "Ursus" y los innumerables perros chocos que fueron mis compañeros ocasionales de horas a las orillas y en la aguas de mi río natal o días felices y lejanos en la hacienda de mi valle andaluz, bañado de luz y ebrio de colores. A un choco grande, medio overo y noble, "Correcampos", recuerdo especialmente con afecto. Era el perro de Andrés, el mayordomo de la hacienda y corregidor del cantón. Correcampos y yo una vez matamos una víbora enorme y venenosa a la orilla de una quebrada de arcilla y helechos fraganciosos; me temo que con el apuro y el miedo, en esos días o ese instante maté también un pedazo grande de mi inocencia feliz.

Y bézoz, ¿eh?

*propio, pia. (De proprio).

9. m. Persona que expresamente se envía de un punto a otro con carta o recado.

«La cuestión es conciliar las opciones entre un perro hipo alergénico (los hay de pedigree) y un perro de la perrera o refugio, que es lo que yo preferiría. Pero allá (en la perrera) la mayoría son mestizos o mezclados, como yo (mutts, like me)».
-- Barack Obama.

(Chafallo, 12 de noviembre de 2008)
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jueves, 13 de noviembre de 2008

Álora la bien cercada (CHAFA)

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A veces, súbitamente o no, a uno se le viene al marote la melodía o la letra de una canción, uno o dos versos de un viejo poema y hasta la insoportable e insistente cantinela de un anuncio comercial. Esta mañana, sería un poquito antes de despertar (el estado hipnopómpico, queledisen) como la última nubecilla en el cielo de un sueño que ya no recuerdo, se me vino parte de este romance a la cabeza y al día; algo así como «Y los moricos las pasas». Me gusta mucho este romance, especialmente cuando me imagino con ternura a los moros y moritas apurados, asustados, llevando la ropa, los higos, las joyas, las pasas con canastas en la cabeza y el culito pa’ afuera caminando cuesta arriba hacia la protección del castillo. Quiero creer que es un vistazo a la vida morisca: ropa, harina, trigo, higos, pasas, joyas y moritas de quince años cotidianos y urgentemente interrumpidos una mañana en domingo.



Por otra parte, hace tiempo, lejos ya de mi Sur profundo y mi idioma íntimo y recóndito, en este romance escuché otra vez, después de muchísimo tiempo, reluciente al sol que cuadriculaba el aula de una clase de literatura española, salir rodando de la boca de mi amiga Conchita que lo leía, la palabra «colodrillo»:


«Bárbaros, dejen de jinetear las camas, se van a romper el colodrillo; Jesús, José y María con estos muchachos endemoniaos», sabían decir mi madre, o mi tía o mi abuela cuando nos subíamos a saltar sobre las camas, a trepar árboles o techos o nos poníamos a hacer travesuras similares. Era una palabra válida y corriente, como una moneda. Así lo eran también columbrar, maguer y asina, entre otras. De no creerlo ahora, aquí, yo ya vejete exiliado y «entre los lirios y la baja tarde».



Romance de la pérdida de Álora
Recogida por Ramón Menéndez Pidal

Álora, la bien cercada,
tú que estás en par del río,
cercóte el Adelantado
una mañana en domingo,
de peones y hombres de armas
el campo bien guarnecido;
con la gran artillería
hecho te habían un portillo.

Viérades moros y moras
subir huyendo al castillo;
las moras llevan la ropa,
los moros harina y trigo,
y las moras de quince años
llevaban el oro fino,
y los moricos pequeños
llevan la pasa y el higo.

Por encima del adarve
su pendón llevan tendido.
Allá detrás de una almena
quedado se había un morico
con una ballesta armada
y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces diciendo
que del real le han oído:

- ¡Tregua, tregua, Adelantado,
por tuyo se da el castillo!

Alza la visera arriba
por ver el que tal le dijo:
asaetárale a la frente,
salido le ha al colodrillo.
Sácole Pablo de rienda
y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado
en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros
por ver si será guarido;
a las primeras palabras
el testamento les dijo.



colodrillo. (De colodra).1. m. Parte posterior de la cabeza.

(Chafallantes, 13 de noviembre de 2008)
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miércoles, 15 de octubre de 2008

La risa (IRENE)


Yo creo que la risa es una campana.

La risa tiene ese bronce inesperado que durante unos segundos se apropia de ti, te rapta como si te amara y se acuna en tu oído vasallo y servidor. Si no la ves venir, se acomoda con más placer, instala su vibrar corpulento en tu sorpresa y te retiene. Sólo por un instante, hasta el pulso se te para, y cuando reanuda el corazón la marcha, resuena en tu oído el ritmo que la risa impuso con ritmo de campana.

La risa es fresca como un anuncio dominical desde la torre alta, invoca al sol, ilumina, canta.

La risa te rapta como si te amara. Tú oye reír y verás que durante un segundo tienes dueño, un dueño que te tañe el corazón con sonido de campana.

Tu Risa
PABLO NERUDA

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

(Irene, 11 de julio de 2008)
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lunes, 11 de agosto de 2008

El mártir del Gólgota (CHAFA)


¡El mundo es un pañuelo, digo yo! Más o menos a mediados del siglo pasado, cuando primos, hermanos, amigos, padres, tíos y sobrinos veraneábamos en la hacienda, a la oración, después de cenar y a la luz de la Coleman, mi tía Alicia nos leía el Mártir del Gólgota de Pérez Escrich en voz alta y dramática. Las chicas balaban a lágrima viva y moco fluyente mientras nosotros, los changos, hacíamos lo imposible por contener las lágrimas o nos dábamos de codazos o coscorrones pa' disimularlas. En esas veladas familiares, ahora mágicas y añoradas, también se leía El Quijote y el Martín Fierro además de las anodinas novelitas de Hugo Wast, Alegre, Pata de zorra, Mi novia de vacaciones, Flor de durazno, El camino de las llamas… y las igualmente lacrimógenas Corazón de Edmundo de Amicis, Genoveva de Brabante del Canónigo Schmidt y María de Jorge Isaacs. Era de rigor, si uno mencionaba María o hablaba de María, decir María-de-Jorge-Isaacs. No sé por qué pero era de rigor decir María-de-Jorge-Isaacs. A lo mejor era pa' no confundirla con María la colchonera, o María la zarca, qué sé yo. La hacienda se llamaba La Banda porque estaba en la otra banda del río y,.a proposito, aprovecho la oportunidad para endilgarles un poema de los tiempos que evoco. Su autor es mi hermano Carlos Ramiro:

Hilandera de nostalgias,
en rueca de ignoto olvido
hilaba penas Doña Damiana.
Sus manos eran sarmientos
de antiguas vides lejanas
con trémulos movimientos
y los recuerdos más puros
acariciaban la lana, de la Casona
y La Banda.
¡Qué luminosas mañanas!
¡Qué tardes llenas de Luz!
Los duendes en los tejados.
En los nogales Chicharras,
panales de agreste miel
en las altas lechiguanas.
Por la acequia rumorosa
se llevó el tiempo mi infancia.

Carlos Ramiro Ruiz Ávila


Bézoz y líbroz a tódoz






(Chafallo, 11 de mayo de 2007).


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Cantábamos (CHAFA)


«Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar»
(GGM: Memoria de mis putas tristes)

Al leer lo que cito arriba se me ocurrió pensar (otra vez) que ésta, donde vivo, es una sociedad que no canta. Tiene una relación con cantar más o menos parecida a la relación que tiene con el pan: algo antiséptica, bastante prefabricada y muy industrial... Las dos cosas, el cantar y el pan, allá donde yo crecí y donde tengo vivos a algunos de mis parientes y amistades y donde tengo enterrados a muchos de mis muertos, el pan y el cantar eran trascendentes, únicos, ubicuos, democráticos y necesarios. Aquí no; los dos son mayormente comerciales, algo que se compra y se consume, bien empaquetado en plástico, poco espontáneo y, me temo, alejado de las manos del hombre. Claro que hay música aquí, y está por todas partes: la tienen en los autos, en la tele, en las radios, en los teléfonos, en los oídos en fin… pero me temo que no está en el corazón y la boca de la gente como lo estaba la música y el pan en los de la mía.

Allá y entonces, cantar no era sólo cosa de cantar duetos de Puccini, boleros de Agustín Lara y tangos de Gardel, sino también pasodobles españoles, zarzuelas clásicas, zambas profundas, mambos superficiales… Cantar era una presencia diaria, generalmente necesaria como el aire, y casi siempre agradable. Allá se cantaba hiñendo la masa, planchando o bordando pañuelitos o manteles, regando las plantas, dando alpiste a los canarios, como si el canto fuera (a lo mejor era) un ingrediente imprescindible en las empanadas o el pan, un color o jaspe necesario de los hilos en el bordado o el encaje doble, una frescura en el agüita pa las plantas, un trino más para los canarios. Allá todo el mundo cantaba o tarareaba algo. Hasta mi hermano, que dejó de cantar al terminar el bachillerato para hacerse médico sentencioso y taciturno, cantaba. Mi vecina, la Yolita, cantaba pasodobles con un clavel en la oreja y una toalla en la cabeza en su voz limpia y luminosa que, como el sol mañanero, llegaba por los tejados y se descolgaba por las “tripas de fraile” y las glicinas hasta el patio de mi casa. Los carpinteros cantaban («¡carpintero de mi tierra….!»); los sastres cantaban; los zapateros, a pesar de sostener los clavitos entre los labios, se las arreglaban para tararear al rimo de su martillos. Y en las acequias, en las callecitas, en las quintas y los tapiales, pájaros, grillos, ranas, chicharras y estudiantes, sastres y soldados, cocineritas, costurerillas, panaderas y otras hierbas aromáticas colgábamos coplas, tonadas y canciones en los árboles, en las rejas de las ventanas y en los balcones, como las golondrinas de Bécquer. A pierna batiente y a mandíbula suelta (como decía mi amigo Óscar Alandio) y de la noche a la mañana.

Aquí, sólo en el Sur semi africano profundo y rural, los negros cantan a toda hora sus abundantes tristezas y alegrías (ergo the blues, the spirituals y otras linduras). Yo estuve en el Sur rural pero no muy profundo que es Arkansas, en medio de una población mayormente de origen escocés y de creencia presbiteriana. No muchos negros por ahí y pocos cantos. No sé dónde ni cuándo se perdió –si alguna vez la hubo en este caso-- la relación humana con el pan y el canto aquí. Esa relación con la que crecieron muchos de los que me leen y yo. A lo mejor sería en los severos sermones de los peregrinos puritanos y en esos viajes trasatlánticos en busca de austeridad y abstinencia. A lo mejor estos comedores de nabos y ocas, europeos del norte severos y devotos, nunca tuvieron la mediterránea espontaneidad, ni la necesidad y la gracia de cantar por amor al canto. Sus melodías se vistieron de salmos e himnos religiosos, y se encerraron en sus limpias iglesias de blanca y severa geometría. No sé, pero aquí a pesar del rock and roll y la licencia, a pesar del “pop” y la MTV, a pesar del culto al sexo y a la juventud, la gente en las calles y en sus faenas se vuelve silenciosa de canto, callada de silbido. Es la costumbre, la regla social implícita, quizás en razón a la inveterada y subyacente ética protestante y austera del Norte de Europa, controlada y exacta como una xilografía de El Durero o una pintura de van Eyck. Qué sé yo.

Bueh... ahora, aquí día de elecciones para el Congreso, me voy silbando a votar contra los republicanos. Y no es que los demócratas sean mejores: del mal el menos, como decía don Tiburcio, que, cantando junto a su torno, daba luz y vida a los perfumados trompos zumbadores y silbadores de mis pagos.

Bézoz y melodías.


(Chafallo, 7 de noviembre de 2006).

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La matria (CHAFA)


Durante estos últimos días y por aquí, reiteradas veces he leído amonestaciones, exhortos, recriminaciones, explicaciones, justificaciones y toda suerte de intercambios e insinuaciones acerca de qué es lo propio o aceptable en esta lista cuando se trata de contribuciones o aportes positivos hacia la redención o la mejoría de la patria. Lo que suscitó esta 'hebra' fue la filípica del español Alberto recirculada por Caracol y reiterada y secundada por E. Peñaranda que, en suma, dice: En vez de escribir frivolidades, payadas y boberías, que son más autosatisfacciones y masturbaciones seudo intelectuales que contribuciones relevantes, deberían preocuparse por la patria y usar este medio electrónico para edificar el porvenir de Bolivia; especial, pero no exclusivamente, esos bolivianos que están afuera y que tienen los medios, la perspectiva, etcétera, etcétera.

En cuanto a lo que escribimos aquí, no puedo contradecir ni refutar a los amonestadores, tienen razón: escribimos trivialidades y, en general, hablamos de lo que nos interesa, algunos con obsesivo egoísmo además de reiterada liviandad y cursilería; mea (nostra) culpa. En cuanto a hacer algo por la patria, tampoco lo contradigo en su irrefutable encomiabilidad, pero aquí tengo una --quizá vidriosa y controversial-- pregunta:

Quisiera que alguien me explique qué es la patria que tanto aman y proclaman y por qué la aman tanto; digo, la patria que aman: ¿es ésa que vemos en el mapa?, ¿es el pueblito o la ciudad donde nacimos?, ¿es el lugar donde tenemos nuestros muertos, la familia y el café con leche?, ¿es la escuela donde aprendimos a leer y escribir, a añorar el mar remoto y usurpado, y donde enhoras cív icas cantamos el himno nacional e izamos la bandera?, ¿es esa geografía de montañas y ríos donde saboreamos el primer beso de la noviecita pura y el último de la vieja adorada?, ¿es éso y un poco más? Estas son preguntas honestas de alguien que ya no está "afuera" porque un día, de golpe y sin pedirlo, se le acabó el "adentro" que preocupa y reclama a tantos otros que leen y escriben en esta u otras listas. Y sé que estas preguntas son de esas que tienden a hurgar lo mas recóndito de los sentimientos y que frecuentemente se consideran ofensivas o, en el mejor de los casos, desleales e irreverentes, pero les aseguro que ésa no es mi intención. A mí me atañe esta cuestión porque yo encuentro el patriotismo generalmente sospechoso pero principalmente porque yo he vivido aquí la mayor parte de mi vida y, como la veo, probablemente muera aquí. ¿Es esta mi patria? Me refiero a estos Estados Unidos, no a la abstracción politica geográfica, sino a este país, a la realidad diaria hecha de historia y de imigrantes, de huesos y quebrantos, de alegrías y enfermedades, de estudiantes, granjeros, bibliotecas, policías, peluqueras, bares, médicos, bodas, divorcios, profesores, hospitales, compañeras, amigos, abortos y bautizos, eventos, gente e instituciones que, las más de las veces, me han brindado cariño, amistad, ayuda, tolerancia y respeto, con su buena dosis de amarguras, frustraciones y añoranzas. En treinta años (más de los que algunos de ustedes han estado en este valle de lágrimas) uno construye una telaraña de nostalgias, lealtades, decepciones y esperanzas, y me pregunto --y les pregunto-- si alegrarse de ver la roja proa de un granero flotando en un verde chacral de Iowa, o sonreír recordando la sonrisa de una calabaza en el anaranjado "Halloween" de octubre, o defender con certeza y dedicación el derecho de quemar esta bandera de estrellas y de franjas (y al mismo tiempo tener la certeza de que uno nunca la quemaría), es parte de lo que forma la patria.

Creo que esta pregunta no es ociosa ni capciosa; no es como preguntar por qué quieres a tu madre (la patria, dicen, es una torcida y manipulada metáfora de la madre) porque la madre es un ser humano extraordinario por la sola virtud de ser madre y porque te ha dado la vida y --en la gran mayoría de los casos-- daría la vida por vos; eso lo comprendo. La madre es una persona tangible, material, sonriente en nuestras alegrías y tierna en nuestras amarguras y un millón de otras cosas más que están mejor descritas y justamente elogiadas en un montón de versos, escritos y canciones al estilo de "Hay una mujer", una especie de plegaria --escrita por no sé qué obispo-- que recuerdo enmarcada y colgada en la ala solariega, bajo unr etrato de mi abuela. ¿Pero la patria? Digo, ¿no es una abstracción? ¿Dónde empieza la patria y dónde termina? Alguien, sin enfangarme en improperios, ¿me podría decir qué es la patria y por qué debo, si es necesario, matar y morir por ella?

Por ejemplo, el señor Alberto, español, bien intencionado y honesto, sugiere regular este irregulable foro y exhorta a los bolivianos y contribuyentes a esta lista a dedicarse a resolver los serios problemas sociales de Bolivia y dejar de escribir nonadas acerca del buen gusto o tonterías acerca del fútbol; ¿no debería él, más bien, preocuparse por los gitanos de Andalucía, los obreros del País Vasco, los cabreros de La Mancha o los labradores de Extremadura, y deplorar la pobreza de España antes que preocuparse de la pobre gente de Bolivia? Decir esto no es echar mano al refrancillo de "la paja en el ojo ajeno" o decir "no te metas si no eres boliviano" (encuentro esta aserción generalmente ignorante y estúpida en su ciego provincialismo); al contrario, admiro, abrazo y celebro el altruismo de don Alberto; bienvenido sea. Pero éste es un ejemplo que me hace pensar que las preocupaciones y el patriotismo de una persona no dependen necesariamente del lugar donde esa persona nace, es decir "su patria" en el sentido tradicional de este concepto. Ahora, viendo la otra cara de la moneda y a riesgo de trivializar --"¡cuándo no!", dirán muchos que me leen-- mi argumento, les recuerdo que a veces, por abarcar mucho, se deja afuera lo que se quiere incluir. Pongo por caso el nombre de esta lista. "Llajta" no es un nombre que, hablando estrictamente, incluye a toda Bolivia; a menos que las cosas hayan cambiado en los ultimos treinta años, conjeturo que, para los bolivianos del Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija, la palabra "llajta" --aunque no sea ofensiva ni ininteligible-- carece del generoso y cálido sentido que le encuentra un boliviano que viene de la región donde se habla quechua y donde "llajta" y "masi" tienen implicaciones telúricas, solidarias y tradicionales. No quiero decir con esto que el nombre debería cambiarse o que fomenta el regionalismo, ni mucho menos que presenta un serio problema para la integridad nacional de Bolivia. Lo traigo al caso sólo como un ejemplo de este concepto de patria que me parece fluido, subjetivo y, a veces, un poco peligroso; algo similar a las creencias religiosas: tendrán algo o mucho de bueno pero, como sabemos, en su nombre y bajo su manto se han perpetrado increíbles barrabasadas. Y a pesar de todo eso, y a pesar de abstracciones, trivialidades y payadas yo, que vivo en este país y quiero a estos mis Estados Unidos e imperfectos yo, mal romántico y peor palabreador, también siento que es, y quisiera que mi patria fuera mi America latina "de norte a sur y de mar a mar"; y no sólo la América de Bolívar y de San Martín, de Juárez y de Martí, sino también mi verde Brasil y mi Haití negro, mi América Central bananera y volcánica, las Antillas del ron y de Puerto Rico y el "largo lagarto verde con ojos de piedra y agua" que es la Cuba de Guillén y la quiero mía. Por eso, cuando leo exhortaciones y reproches, respuestas y explicaciones acerca de la patria, me pregunto, no si valen la pena --porque sí tienen mérito en su generosidad y altruísmo--, pero me pregunto dónde empieza la patria y dónde termina la canción con todos. Eso me pregunto yo, un negro trivial y payador que es latinoamericano en el alma pero que, con toda el alma, quisiera ser un negro mundial, ciudadano sin fronteras de todos los países en vías de desarrollo.

Bézoz a todoz.

(Chafallo, publicado en Pachamatria, el viernes, 24 de julio de 1998).

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miércoles, 16 de julio de 2008

A los bosques yo me interno (CHAFA)


Este bailecito es de la autoría de mi tío Alberto Ruiz Lavadenz. En serio, no les miento.

Ahí va en su memoria:




¿En serio ese es el nombre del autor y en serio es tu tío? Pues yo en mi repertorio lo tengo como "Anónimo".


Pues sí, Mirene, éste y otros más. Si mal no recuerdo, «Quisiera un puñal» también. Alberto, un bohemio, era primo hermano de mi 'apá.

Zóbez señora, zóbez a tódoz.

A LOS BOSQUES
(Letra y música de Alberto Ruiz Lavadenz, Bolivia)

A los bosques yo me interno
a echar mis penas llorando,
y los bosques me contestan
lo que has hecho estás pagando,
y los bosques me contestan
lo que has hecho estás pagando.

Ay como quieres que tan pronto
olvide el mal que me has hecho,
de rato en rato me toco el pecho
la herida me duele más y más,
de rato en rato me toco el pecho
la herida me duele más y más.

En la distancia te quiero más,
en la distancia te adoro más,
perdonaría cualquier ofensa,
pero olvidarte jamás, jamás.


MI TÍA CAROLA Y EL ESCRIBIDOR (CHAFA)

«Una actriz que nació en el Territorio de Colonias»
Entre los pandinos ilustres hay que citar a Carola Cobo, nacida en 1909 en el Terriorio Nacional de Colonias que sólo en 1938 se llamó Pando. Esta actriz de teatro, bailarina y cantante dejó su hogar para seguir a su esposo, el compositor Alberto Ruiz Lavadenz, a La Paz. Aquí se quedó e hizo su carrera que tuvo momentosde gloria. (El Diario-La Paz)

Mi tía Carola, casada con mi tío Alberto, era una bohemia y un miembro casi permanente del elenco de la compañía de teatro de Raúl Salmón (célebre por ser el modelo para el "escribidor" de Vargas Llosa) (q.v.).


De vez en cuando, más o menos una vez al año, mi tía llegaba a mi valle con la compañía en «gira artística» y entraba a la casa como una tromba marina que olía a polvos faciales, con ondulantes trajes de colores de escotes desorbitados, y una risa cálida y roja de tabaco y lapiz labial o "rouge" que le decían en esos tiempos. ¡Qué cosas, che!


LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR

Es, ante todo, un libro divertidísimo, fuertemente autobiográfico pero al mismo tiempo imaginativo hasta la carcajada. El personaje central, "Marito" o "Varguitas", un joven "medio intelectual" con problemas familiares, se educa para ser hombre y escritor en la Lima neblinosa y casi inocente de los años cincuenta. ... en La tía Julia... entronca con los grandes clásicos de la picaresca y de la sátira al aprender a tomárselo a sí mismo. Pero, como suele ocurrir en las grandes comedias, detrás de la insigne y finalmente enloquecida huachafería del escribidor Pedro Camacho --autor de radioteatros y personaje clave en la novela-- se evidencia una reflexiva indagación sobre la literatura, sus parámetros, su obsesividad y su sentido. Mientras el delirante escribidor va desordenando el mundo, el joven Varguitas, envuelto en un apasionado romance, intenta ordenar el suyo [...]. (PEISA)


[...] Es la historia de los tiempos más difíciles en la vida de Mario, y éste se nos muestra a menudo como una persona difícil en lo personal en desmedro de su vocación. Sin embargo, Julia tampoco se nos revela como una mártir. Además, contiene declaraciones del "verdadero" Pedro Camacho, Raúl Salmón, quien alguna vez declaró "Vargas Llosa trabajaba en Radio Central o Panamericana, no recuerdo bien. Pero creo que éramos buenos amigos ." (Caretas 529).

Raúl Salmón, en los años 70. Entonces era alcalde de una ciudad en Bolivia. FOTO: Caretas.

(Chafa, 22 de abril de 2008)

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domingo, 13 de julio de 2008

Y a la mano con puñal (IRENE)


La voz de Mercedes Sosa me parece excepcional por su capacidad para expresar. Tiene el sabor de una rebanada de pan antiguo con aceite y azúcar. Consistente y agrícola como néctar de olivo, dulce a la vez. Pan con aceite y azúcar. Alimento esencial. Sabor fuerte y de almíbar. Considero que no tiene mucho más comentario porque en el magnífico poema de María Elena Walsh y en la voz mentada está todo. Colacho es ahí fundamental con su dúo, y la guitarra, claro, siempre la guitarra en pos de la voz de la Negra Sosa. Su sombra.


COMO LA CIGARRA

María Elena Walsh

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí resucitando;
gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.


Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui sola y llorando;
hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la única vez
y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
cuántas noches pasarás desesperando,
y a la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.






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miércoles, 9 de julio de 2008

Una postal desde Lesetasuní (CHAFA)


Hoy especialmente, yo estaba pensando en mi ‘amá. Y no es que yo no piense y me acuerde de ella frecuentemente sino que hoy, especialmente –porque aquí el domingo es el Día de la Madre–, en uno de muchos de los programas de charla o talk shows en la radio (donde la gente llama por teléfono para dar su opinión), estaban hablando de los recuerdos más tiernos o los momentos más memorables que uno tiene de su ‘amá.

Yo, como me imagino todos ustedes, tengo muchos, y los que recuerdo con ternura son los momentos vinculados con las manos de mi madre, con sus manos suaves y delicadas como su voz cantora de tangos viejos. Me acuerdo de su manos cuando sus dedos discurrían por los renglones de un texto que se llamaba “El Chingolo” cuando, antes de que yo fuera a la escuela, ella me enseñó a leer…; me acuerdo de sus manos bordando espumas en las orillas de unos pañuelitos blancos, sentada en el alféizar de la ventana del comedor grande mientras las golondrinas, suaves y gráciles como sus manos, bordaban otras filigranas en el cielo. Y me acuerdo de un cumpleaños –estaría yo cumpliendo diez u once años–, cuando en su manos (y sólo Dios y ella saben con cuánto sacrificio y privaciones de su parte) me trajo de regalo el Pequeño Larousse ilustrado. Las tapas anaranjadas de ese diccionario, con la muchacha soplando el diente de león al viento, y sus ilustraciones*, las llevo hasta ahora en el corazón. Y en el corazón también llevo la pena de no habérmelo traído por acá cuando me vine. Lo dejé allá enfriándose sobre el mármol de mi mesita de luz. Lo dejé porque yo estaría quizá atolondrao por la arrogancia de la juventud y los afanes del viaje pero más que todo porque entonces yo no sabía que me iba a quedar por estos chacrales de Iowa seculae seculorum. En fin… acuerdesén de sus ‘amás, aparceros, aunque no sea el Día de la Madre por sus lares…

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*Siempre, desde changuito me intrigaron las ilustraciones en blanco y negro, generalmente grabados, huecograbados o punta secas que traían los diccionarios viejos, en donde Robespierre, por ejemplo, y Madame Curié tenían una semejanza asombrosa no sólo entre ellos, sino también con Mozart que, a su vez, se parecía a Rafael Sanzio, que se parecía a la señorita Élida que, en la vida real y fuera de las páginas del diccionario, era mi maestra de segundo grado. Y donde había una ilustración para triángulo isósceles o alambique pero no había nada para, digamos, triángulo escaleno o serrucho o palomar; sí para acordeón u oboe pero nada para arpa o clarinete… Siempre me intrigó quién y con qué criterio seleccionaba las ilustraciones para ésta u otra entrada. Cosas que se le ocurren a uno, ¿no?

(El Chafa, 6 de mayo de 2005)

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sábado, 14 de junio de 2008

El Lalito o El silencio de los camellos (CHAFA)


El Lalito (añísimos más tarde, cuando volví al pago, lo vi ya hecho y dicho Eduardo, taciturno casi hasta la inconsciencia, sentado junto a la mesa donde dos de mis sobrinos andaban jugando al truco con el Gringo Limón y el Chacho Azurduy) cuando los dos éramos changos, no sé por qué me agarró un apego casi canino.

Me iba a buscar en los recreos de la escuela, me seguía hasta la puerta de mi casa después de salir de la escuela y, cuando no había escuela, siempre andaba conmigo o detrás de mí. La cosa es que el Lalito, desde chango, no hablaba mucho y decía menos. Oh sí: hacía bailar un trompo como el mejor, remontaba los barriletes hasta más arriba del barrio donde juegan las golondrinas, y jugaba a las bolitas (canicas que les dicen en México, creo) con elegante estrategia y cálculo, y ganaba. También robaba duraznos y membrillos semi maduros en las quintas pertinentes y conocidas e iba a bañarse y nadar al río como un renacuajo, como todos nosotros, pero no hablaba mucho. Las más de las veces, cuando estábamos los dos solos sin hacer nada (digo sin los soldaditos de plomo o el Mecano o el trencito Lyonel o las consabidas revistas o el "Tesoro de la Juventud", solos ahí, sin hacer nada) se sentaba a mi lado y se quedaba mirándome nomá, sin decir palabra. No me hubiera molestado entonces que se quedara ahí callao y sentao, pero sin mirarme. La mirada esa del Lalo, según mi interpretación, demandaba palabras, quería un reconocimiento de su presencia, parecía invitar al imposible diálogo sin contribución alguna que, por esencia y definición, sale a ser un monólogo o un soliloquio. ¡Macanas! Hay gente que es así, hay gentes que son así y, en los últimos años, me he visto más y más asediado por esta lalitez.

Todos hemos pasado por esos momentos en que en dúo o en grupo, el diálogo o la conversación de pronto se corta: ¡clic!…, o desaparece como agua en el inodoro: ¡sluuurp!, y queda un hueco, un bloque enorme de aire vacío y lleno de sonoro silencio, y uno --boludo-- cree que es el único llamado a poblarlo de palabras amenas; el único por vocación, obligación y "por arte de buena educación", porque a uno, boludo, siempre le han gustado las palabras y sabe que las palabras --que son el pomo donde va el veneno de la vida y la savia por donde circula la envidia y la flor por donde se muestra la raíz de la maldad-- también son el pan de la amistad, el queso y las aceitunas de la verdad y el vino del amor, y uno se siente responsable de que ahora la caravana, de pronto y por su culpa, se encuentre cruzando el desierto sin agua, sin pan sin vino sin aceitunas y sin queso, y tan pronto se llegue al oasis, mejor y gracias, porque allá se van a olvidar de que fuiste vos el que los llevó por esa ruta, pa' empezar.

E imagínense cómo se siente uno cuando lo asedia la lalitez en el teléfono. Porque no estoy hablando de esos silencios compartidos y necesarios de amantes, esos de mano en el muslo, cabeza en el hombro, corazón en el oído, murmullo de tripas trabajando y hasta el furtivo pedo no invitado, no. Esos silencios, sin embargo, requieren el contacto físico o visual aunque se los comparta de sillón a sillón y de vez en cuando la vista viaje de la revista a la ventana o a la mancha en el cielo raso que te recuerda la siluetas de un animal o el mapa de un país desconocido (¿un camello bajo una sombrilla; el reino del Preste Juan; la Atlántida buscada?). Pero ¿en el teléfono? En el teléfono es diferente porque uno se imagina que por ahí y de repente, por ahí, al otro lado de la línea, la Guardia Civil o la Policía Secreta o el amante o el cónyuge imprevisto han capturado a tu interlocutora y la tienen por las axilas atolondrada, en vilo y sorprendida o, lo que es peor aún, tu interlocutora, en vez de hablar con vos, se está examinando minuciosamente las cutículas o escarbando los dientes pos prandiales o macaneando la paciencia con el ratón electrónico o el tocadiscos cercano. Así es la gente y así es la vida.

Hay más pero por acá hay olor a pizza y las gordas de costumbre (cuando digo gordas estoy diciendo gordas, ni minas como dicen en mis pagos, ni viejas (?) como dicen en México, sino gordas) están yendo, alborozadas, al lounge de la oficina. Debe de ser la hora de almorzar. Por lo menos ellas saben ocultar esta lalitez con la boca llena de pizza o hamburguesas y vasos enormes de leche con helado de vainilla y chocolate, mezclado y batido con bananas.

Me voy a almorzar.

(El Chafa, 29 de julio de 2004)

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